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El punto de encuentro de la cadena agroalimentaria

Periódico Digital Qcom.es: El punto de encuentro de la cadena agroalimentaria

14 DE mayo DE 2019

"España, el más barato"

Vidal Maté. @trigo_limpioVM

Por primera vez en la última década, frente a un crecimiento anual de entre un 5% y un 6%, los datos sobre el comercio exterior agrario y alimentario de 2018, con ligeras diferencias según los balances en función de la contabilidad y calificación de los productos, arrojaron una situación de estancamiento o de ligeros recortes en relación con el ejercicio anterior. Se trata de un escenario que no supone un jarro de agua fría o que se haya encendido la luz de alarma, pero sí un motivo para la reflexión sobre una actividad cuya carrera parecía imparable.

Puestos a buscar justificaciones a esta nueva situación, sería fácil y además correcto, hablar de ralentización del comercio mundial ante las muchas incertidumbres que se mueven sobre el mismo, de las guerras arancelarias entre los más grandes y su efecto en la actitud de otros muchos países, de la imposición de barreras con razones fitosanitarias que en realidad solamente son cordones para proteger las producciones propias o de la falta de acuerdos de la Unión Europea con terceros países a la vista de los buenos resultados que están ofreciendo ya acuerdos suscritos no hace mucho con países como Canadá, Japón o Corea.

Sin embargo, dando por buenas todas esas razones en contra de la evolución de las exportaciones, la realidad es que, mientras en España sus efectos provocaron estancamientos y recortes, en países competidores más directamente con los mismo productos y en los mismos mercados, sus resultados han cerrado en positivo con incrementos del 1,5%, lo que pondría de manifiesto que hay otros motivos por los que los resultados responderían a otras causas, desde la producción a la transformación y sobre todo a la propia estrategia comercializadora en los mercados exteriores.

De entrada, que más de 1.000 pequeñas y medianas empresas hayan dejado de exportar en 2018, supone el reflejo de un problema que puede obedecer a falta de rentabilidad por los precios o, lo peor, dificultades para encarar en solitario nuevos mercados por el coste que ello supone si se acomete de forma individual.

Ganar mercados basándose fundamentalmente en los precios a la baja para productos de calidad ha sido una vieja estrategia que no acaba de superarse para que ese lugar lo ocupe otra de valorización del producto. Un ejemplo de esta situación es el sector del vino donde en 2018 bajaron las ventas un 11% pero aumentaron los ingresos hasta una cifra record, no por un cambio de estrategia, sino simplemente porque había menos vino en el mundo y las cotizaciones se fueron arriba para todos. En los primeros meses de este año ya se ha vuelto a lo de siempre, con más ventas y menos ingresos.

Vender calidad a precios rentables supone igualmente la necesidad de defender una cierta estabilidad de los mismos en esos terceros mercados lejos de subidas y bajadas extraordinarias, picos de sierra para un mismo producto en función de cada campaña. Mal se puede convencer a un consumidor de estos territorios si un aceite de la misma calidad puede duplicar su valor en dos campañas seguidas.

En una actividad dominada por la pequeña y la mediana empresa, salir al exterior es caro. Frente a ello, funcionó a ralentí la política de los consorcios de empresas en muchos casos con apoyo de las diferentes administraciones autonómicas. Sin embargo, la realidad es que la estrategia ha tenido un recorrido escaso, quizá por falta de información sobre su significado y bastaría con apoyar políticas de colaboración y de coordinación entre empresas de un sector o de varios sectores de cara a los mismos mercados sin que ello suponga competencia entre las mismas.

Y, junto a la responsabilidad de los productores y de las empresas industriales, ahí está también la que tienen las diferentes administraciones en España y en el exterior.

En España, tocaría avanzar hacia unas políticas que, en lugar de poner trabas y complejidad burocrática, favorecieran las exportaciones agilizando los trámite y armonizando las normativas entre las propias Comunidades Autónomas, algo que solicitaba recientemente la industria de la carne.

En el exterior, mucho trabajo por hacer. El Icex ha jugado en el pasado un papel importante a la hora de abrir mercados de la mano, en muchos casos de  los exportadores. En la actualidad, con  un presupuesto a la baja, su actividad se ha reducido y, sobre todo, en el mismo siguen imponiendo su peso el corporativismo de los técnicos comerciales. En el pasado, la ministra Isabel García Tejerina trató de que Agricultura tuviera una mayor presencia en esa política de abrir mercados. No fue posible. Desde el sector se contempla la posibilidad de ir a un modelo de Icex donde hubiera una estructura público-privada. En todo caso, se echa en falta con carácter general, un mayor apoyo al sector desde los hombres de Comercio en los diferentes países. Los acuerdos comerciales solo son un primer paso para abrir mercados, pero requieren desarrollos largos y complejos, en muchos casos producto a producto y donde se hace indispensable la tarea permanente de los técnicos que campan en las  delegaciones en el exterior.

Desde la calidad general de los productos agrarios y alimentarios, España no acaba de superar la imagen y la realidad de proveedor barato para ganar cuotas de mercado. Y, por si ya no se cuidaran los grandes grupos de la distribución de aprovecharse de esa brecha, han sido las propias empresas las que, en ocasiones, han trabajado en esa dirección, como ha sucedido en el propio mercado de los Estados Unidos con el aceite, ejemplo que no es el único. Vender calidad a precio, valorizar más los productos, crear una imagen de prestigio, no es cosa de un día, sino el resultado de un largo y continuado proceso en la estrategia que, hasta la fecha, no ha funcionado. De momento seguimos con un cartel similar al que utilizan los grupos de distribución para sus ofertas: “España, el más barato”.  

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