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miércoles 22 de mayo de 2019

Opinión
23/04/2019

Se acabó la fiesta

Vidal Maté. @trigo_limpioVM

La Federación de Industrias de Alimentación y Bebidas, FIAB, hizo público días pasados balance sobre el comportamiento del sector en el último año.

Acostumbrados, como estábamos, a una carrera plagada de buenos resultados, de record en record en la última década, desde la producción a la exportación, con los altibajos propios de la crisis en la demanda del mercado interior, los datos sobre 2018 arrojan claroscuros, unos por causas propias y otros por razones ajenas de los mercados. Los mismos vienen a poner de manifiesto que las empresas agroalimentarias españolas también son humanas, pero, a la vez,que tienen recorrido para seguir mejorando y que este ejercicio ha sido solamente un descansillo para replantear estrategias.

Dato en positivo es incremento del número de empresas en el seno de la patronal, un 8% más hasta las 31.342, fundamentalmente pequeñas y medianas, aunque hay otras miles de muy pequeño tamaño que funcionan por libre o que incluso no saben de la existencia de la patronal ni les importa para el mercado en su pequeña instalación en cualquiera de los pueblos de esa España vaciada.

Para arriba están igualmente los datos sobre producción con un valor superior a los 116.000 millones, aunque sólo con un incremento del 0,1% por la propia ralentización del crecimiento industrial.

El consumo total interior mantuvo su ligera recuperación hasta superar los 100.000 millones, aunque sin llegar a las cifras de 2008 previas a la crisis.

Cuando no hay mucho de lo que presumir, los expertos en comunicación acuden al empleo. En el caso de la industria alimentaria, siguen los balances en positivo de los últimos años. La afiliación a la Seguridad Social creció un 2,9% hasta más de 426.000 personas, aunque el número de ocupados se mantuvo prácticamente estabilizado en poco más del medio millón, con una fuerte presencia en el territorio rural o semi urbano.

Las sombras más importantes del balance de 2018 se hallan en la exportación

De un lado, frente al crecimiento anual de hasta dos dígitos en los últimos años, 2018 solo pudo mantener a duras penas el nivel exportador con esos 30.470 millones de euros que suponen un descensos del 0,4% y el 26% del valor de la producción del sector. En este comportamiento de las ventas en valor, porque en volumen somos los campeones, tiene una parte de su causa la actual situación de incertidumbre en el comercio en los mercados exteriores más importantes. Pero, no se pueden dejar a un lado las causas internas donde, en aras de vender y dar salida a los excedentes, se acude a los bajos precios para productos de calidad. En 2018, con una cosecha corta anterior de vino, bajaron las ventas en volumen, pero se batieron los ingresos. En los primeros compases de este año, con mucha oferta en el mercado, se ha vuelto a lo de siempre. Francia exporta la mitad e ingresa tres veces más.

En aceite se espera que este ejercicio se supere el record de 1,1 millones de toneladas de 2013, mientras los precios se hunden en origen, en un año con caída de la producción en el mundo, menos en España, y cuando sería posible forzar precios al alza para aumentar los ingresos. Por el momento, los principales beneficiados son los compradores italianos para atender sus necesidades internas y para la exportación. El porcino sería un tercer ejemplo, en este caso en positivo, donde de exportar grandes volúmenes de vísceras a países asiáticos, ha pasado a colocar carnes a más precio, aunque en el último años las ventas crecieron en volumen un3,3% ,pero en valor cayeron un 2,1%.

Por otra parte, un dato negativo fue la salida de la exportación de 1.340 empresas, fundamentalmente pequeñas y medianas. En los últimos años, una de las razones para hablar de un sector con la mirada en el futuro era el hecho de que desde 2008 el número de empresas exportadoras había pasado de menos de 13.000 a más de 17.000 presumiendo que una segunda o tercera generación en las pequeñas y medianas empresas ya salía al exterior y dominaba idiomas. Hoy, con las tormentas en los mercados, no han podido estar ahí con sus propias fuerzas y, quizás, todo habría sido diferente si las mismas hubieran dispuesto de armas para seguir en el exterior a partir de mecanismos o estructuras promovidas desde la patronal o las Administraciones que se ponen las medallas en tiempos de vacas gordas y callan en las flacas.

De todo ello se puede concluir que el sector de la industria agroalimentaria no ha entrado ni mucho menos en crisis, que sigue ahí como una gran potencia industrial, aunque sería un tiempo para replantear estrategias para crecimientos continuados y más realistas. Pero, por el momento, se acabó la fiesta.

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