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El punto de encuentro de la cadena agroalimentaria

Periódico Digital Qcom.es: El punto de encuentro de la cadena agroalimentaria

10 DE junio DE 2020

Estrategias para sobrevivir en la era post-Covid-19

De un tiempo a esta parte el sector agrario y el agroalimentario se está viendo sometido a un sinfín de estrategias y planes estratégicos (“De la granja a la mesa”, “Biodiversidad Horizonte 2030”, plan nacional estratégico de la PAC”, Estrategia España Circular…) que pretenden ser las “hoja de ruta”, las sendas por las que deberá transitar en los próximos años. Solo nos falta ya contar con una nueva estrategia sobre cómo el campo español podrá sobrevivir al resto de estrategias que le atañen, que marcan nuevas exigencias y condiciones a cambio de nada o de casi nada. Cómo sobrevivir, “sin sucumbir en el intento”.

El pasado 2 de junio, el Consejo de Ministros aprobó la Estrategia Española de Economía Circular (EEEC), “España Circular 2030”, uno de los elementos clave del Marco de Economía Circular, cuyo objetivo es impulsar (aún más, porque no es nuevo lo que ya se está haciendo) un modelo de producción y consumo en el que el valor de productos, materiales y recursos se mantenga en la economía durante el mayor tiempo posible, en el que se minimice la generación de residuos y se aprovechen al máximo aquellos cuya generación no se haya podido evitar.

Entre los principios generales que inspiran la EEEC están los de “protección y mejora del medio ambiente, la descarbonización de la economía, el principio de “quien contamina, paga”, la protección de la salud y la solidaridad entre personas y territorios.”

Como políticas clave para avanzar en la “circularidad” de la economía española, esta Estrategia propone la política económica, de fiscalidad, empleo, I+D+i, de consumo, la política industrial, del agua, agraria y de desarrollo de áreas rurales.

En pocas palabras, marca el camino por el que ir paulatinamente en la próxima década hacia la excelencia medioambiental, desde la persistente economía lineal actual, de usar y tirar, a la economía circular, cuyo eje central sobre el que todo gira es el las “tres R” (reducir, reutilizar y reciclar). Nada fácil, aunque sea de lógica y de sentido común (que es el menos común de los sentidos), cuando de lo que se trata es de no seguir maltratando nuestro Planeta.

Aunque, por otra parte, si se pretende que nos duren más las cosas, que todo lo que adquirimos para su consumo aguante más y, en suma, que no se malgaste y se aproveche todo lo aprovechable, entonces, con esta ética y estética del ahorro y de la eficiencia, muchos negocios, basados en una alta rotación y renovación de inventario, en vender cuanto más y más caro mejor, tendrán que reconvertirse o cerrar. Tendrán que reinventarse y cambiar de “chip” en esta ampulosa sociedad de irrefrenable consumo.

Da la impresión que la desgraciada pandemia y crisis sanitaria y económica del Covid-19, que no está tocando vivir, está siendo el argumento perfecto (no la excusa) para intentar acelerar con más motivo los planes y estrategias que ya estaban predispuestos con anterioridad.

Si antes del coronavirus había alguna duda de hasta dónde podíamos llegar, ahora no cabe, ni parece posible ningún otro camino. Solo hay un camino, este camino, que además es irreversible y por el que deberemos ir toda la Humanidad para lograr el objetivo último de una sociedad con emisiones neutras de gases contaminantes a la atmósfera en el año 2050. Y, si es posible antes, mucho mejor.

Cómo llegar a la meta

El problema no es tanto el objetivo, la meta marcada, que puede ser más o menos loable y ambiciosa, como la manera, los procedimientos, los instrumentos, las condiciones o las exigencias que se quieren imponer a muchos sectores de la sociedad para llegar a la misma.

A nadie se le escapa que España, nuestro país, posiblemente sea uno de los más perjudicados por las consecuencias del cambio climático que lleva ya muchos años produciéndose. Y que el agrario, el productor de alimentos, es ya víctima, uno de los sectores que más sufren, están sufriendo y podrían sufrir los efectos que sobre su actividad tienen los fenómenos meteorológicos extremos en los próximos años.

Tampoco hay que ignorar que lo será igualmente por mucho que nuestro país sea ejemplar en la toma y adopción de medidas para proteger el medio ambiente y el cambio climático. Y lo será si los gigantes emisores, como Estados Unidos o China, o los países terceros menos desarrollados, que quieran acceder con todo su derecho al tipo de desarrollo y bienestar “occidental”, no adoptan similares o suficientes medidas de mitigación para frenar también el cambio climático.

No tratamos de justificar con ello que es inútil e iluso pensar en que cumpliremos con el objetivo de neutralidad de emisiones en 2050 a nivel planetario, que es lo que se persigue, y que, por tanto, es mejor no hacer nada. No, no es mejor no hacer nada. Hay que hacerlo por lógica y por sentido común, por nosotros mismos y por las generaciones futuras.

Pero, cuidado: se corre el riesgo no solo de no cumplir ese objetivo último, sino de que lo que se haga, vaya a dejar en la cuneta a mucha gente; de que lo sostenible medioambientalmente, no lo sea ni social, ni económicamente; de que se abandone la actividad agraria, porque deje de ser en muchos casos rentable ni siquiera con ayudas, que siempre serán insuficientes y se descontarán, como ocurre ahora, del precio a pagar por los siguientes eslabones de la cadena de valor; de que nuestra sociedad pase a depender mucho más de los alimentos de países terceros y a un coste mucho mayor; de que se abandonen campos, ahora cultivados, para convertirlos en eriales; de que el medio rural sucumba a la falta de población joven para cambiar la faz de pueblos ahora envejecidos…etcétera.

Esa es la principal dicotomía: que se tengan meridianamente claros los objetivos, pero no se hayan valorado suficientemente -o incluso se ignoren- los riesgos y las consecuencias adversas de ir hacia ellos por muy necesarios e irreversibles que sean o parezcan, y por mucho que se diga (palabras, en vez de hechos) que “no se va a dejar a nadie en el camino”.

Sector prioritario

En la Estrategia “España Circular 2030”, el sector agroalimentario en su conjunto (agrario, pesquero y forestal) queda identificado como uno de los seis sectores prioritarios en los que se deberá actuar, junto con la construcción, industrial, bienes de consumo, turismo y textil/confección. Y, dentro del mismo, en dos aspectos cruciales: el agua y el desperdicio de alimentos. Es decir, nada nuevo bajo el sol, puesto que, de una forma u otra, a mayor o menor ritmo ya se viene actuando.

En el ámbito de la agricultura y del agua, en el texto (cuyo informe completo se puede descargar abajo) se señala que “frente a prácticas tradicionales, la economía circular propone el desarrollo de nuevos sistemas de riego de precisión, que mejorarán la eficiencia del proceso de absorción del agua”, junto a nuevas tecnologías con las que hacer un “uso más eficiente de los medios de producción.” Como objetivo cuantificable, la Estrategia se marca mejorar un 10% la eficiencia en el uso de este recurso en 2020.

En el sector agrario, “hay que orientar los esfuerzos a resolver los problemas en origen y no al final de la cadena, de acuerdo con el principio de prevención, que rige la economía circular. En base a dicho principio, “deberían tenerse en cuenta las condiciones agroclimáticas y edáficas a la hora de decidir los cultivos a implantar en las diferentes regiones, o la necesidad de impulsar rotaciones de cultivos con especies mejorantes (¿entrarían aquí los OMG y los de edición genética con base Crispr?), de manera que su mejor adaptación a una determinada región permita mayor sostenibilidad y eficiencia en el uso de los recursos naturales, así como apoyar una alimentación animal a base de pastos u otros cultivos propios de la zona agroclimática correspondiente.”

En el ámbito de la ganadería, se propone para esta economía circular, “promover sistemas productivos extensivos para aprovechar los recursos del ecosistema, con razas autóctonas que están mejor adaptadas al territorio, y hacer un uso más eficiente de los recursos”.

En el apartado del desperdicio alimentario, la Estrategia busca como objetivo reducir la generación de residuos del 50% per cápita en los hogares y el consumo minorista y del 20% en las cadenas de producción y suministro a partir de este mismo año 2020.

Residuos

En términos más generales, la Estrategia se plantea en el horizonte 2030 reducir en un 30% el consumo nacional de materiales y recortar un 15% la generación de residuos, respecto al año 2010, que actuaría como año base.

Todo ello posibilitará, según avanza el texto, “situar las emisiones de gases de efecto invernadero del sector de residuos por debajo de los 10 millones de toneladas en 2030.”  Para ello, se adoptarán planes de acción a tres años, que recogerán las medidas concretas a desarrollar por el Estado para cumplir con esos objetivos. El primer plan de acción trienal se presentará a finales de este mismo año, abarcando el periodo 2021-2023.

El Consejo de Ministros del pasado 2 de junio aprobó también el anteproyecto de Ley de Residuos y Suelos Contaminados,  que se envía al Congreso de los Diputados para el inicio de su tramitación parlamentaria, junto con un real decreto de mejora de la trazabilidad y el control del transporte y traslado de residuos.

Este texto legal  incluye un apartado en el que hace referencia a la reducción de los residuos alimentarios, en el que se indica que “las industrias alimentarias, las empresas de distribución y de restauración colectiva deberán priorizar, por este orden, la donación de alimentos y otros tipos de redistribución para consumo humano, o de transformación de los productos que no se han vendido, pero que siguen siendo aptos para el consumo, la fabricación de piensos y, en última instancia, ya como residuos, a la obtención de compost y dirigido para su uso en agricultura.”

Para la gestión de estos residuos o subproductos, “las autoridades fomentarán el uso del compost en el sector agrícola, la jardinería o la regeneración de áreas degradadas, en sustitución de otras enmiendas orgánicas y como contribución al ahorro de fertilizantes minerales.”

En líneas generales, tanto la EEEC, como el resto de normativas, son acciones que en muchos casos ya se encuentran en marcha, por lo que nada de lo que indican puede causar sorpresa a nuestro sector agrario y agroalimentario. Lo diferente es que, ahora, se quiere cambiar de marcha e imprimir más velocidad a las mismas en este nuevo y largo periodo de transición medioambiental, social y económica que, junto a la digitalización, nos acompañará durante los próximos años. Este querer ir más deprisa, porque el Planeta no espera, implicará también mayores riesgos. Y eso es importante también que se sepa y se valore.

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