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lunes 17 de diciembre de 2018

Reportajes
11/01/2018

La distribución acorrala al pollo

  • El sector sufre los bajos precios impuestos como producto reclamo
  • Esta política obligó al Grupo Sada a reestructurar su actividad

Vidal Maté. @trigolimpio_VM

Durante los últimos años, miles de granjas avícolas y pequeñas industrias de mataderos comarcales o regionales se vieron obligadas a cerrar consecuencia de la baja rentabilidad del mercado de la carne de pollo convertido en un producto reclamo con precios de oferta. Hoy se mantiene el mismo problema en los mercados, pero sus efectos han alcanzado ya también a industrias como el Grupo Sada, empresa que ha sido durante casi dos décadas la primera firma del sector con una cuota de mercado del 24%. Al grupo no le cuadran los números y sus responsables, tras su salida progresiva como el interproveedor de Mercadona, han decidido reducir su presencia en el mercado español con la puesta en marcha de un plan de reestructuración que supone el cierre o ajuste de cuatro de sus nueve plantas de producción y, con ello, la suspensión también de los acuerdos con unos 1.000 ganaderos e invertir en las plantas restantes unos nueve millones de euros para mejorar su eficiencia.

El Grupo Sada es la división avícola para la producción de pollos de la multinacional holandesa Nutreco, propiedad desde 2015 del grupo SHV, a su vez también dueño de Makro, que opera en España desde 1996. Actualmente lo hace bajo la denominación Nutreco Iberia, en la que además están integradas la empresa Nanta, en el sector de los piensos, e Inga Food, en la producción de cerdo ibérico, con una facturación total de superior a los 1.300 millones de euros y con más de 3.000 empleados directos.

Desde su desembarco en España, Sada desarrolló una fuerte política de expansión en base a un crecimiento orgánico y además por una serie de adquisiciones de otros grupos como Copaga o Agrovic hasta llegar al sacrificio de 2,6 millones de pollos por semana, anualmente 130 millones de unidades en base a la producción integrada con unos 1.000 granjeros de toda España.

Este crecimiento del grupo en el campo de la producción no habría sido posible si en el año 2000 la empresa holandesa no hubiera suscrito un acuerdo con Mercadona como interproveedor de pollos, lo que le permitió al grupo liderar el mercado al disponer desde esa fecha de una cuota de casi el 24% y, sobre todo, tener un cierto equilibrio en sus cuentas a pesar de la batalla permanente por los precios de oferta del producto.

Esta situación de bonanza se quebraba en 2013 cuando Mercadona decidía eliminar a Sada como su interproveedor y buscar otros proveedores para atender una demanda que se sitúa en más del 20% del mercado de la venta de pollo fresco. De acuerdo con las normas que se aplican generalmente en el descuelgue de los interproveedores, en 2013 se abría para Sada un periodo de tres años para suprimir totalmente sus ventas. Por su parte, el grupo de distribución cubría ya sus necesidades con otros proveedores para dejar finalmente ese mercado en manos de Avinatur, como nuevo interproveedor, una empresa nacida prácticamente en ese momento promovida por otro empresario ya ligado a Mercadona.

Consecuencia de esa nueva coyuntura, Sada se vio obligada a reducir sus necesidades de producción para atender una menor demanda de otras cadenas de distribución y también para operar en los mercados exteriores. Los efectos de ese cambio se han ido dejando sentir en la actividad del grupo hasta la decisión de la empresa de proceder a un plan de reestructuración de la división y que, hasta la fecha contempla el cierre, venta o ajuste de cuatro de sus nueve plantas con los efectos consiguientes sobre la producción de los ganaderos con quienes mantenía sus contratos de producción vía integración, donde el granjero se limita a criar las camadas de pollitos proporcionados por la empresa, que también aporta piensos y los medicamentos a cambio de una cantidad por animal engordado. En este plan de reestructuración se halla el cierre del matadero industrial de Valladolid, el cierre de la planta de Rinconada en Sevilla pasando su actividad a la de Alcalá de Guadaira, el ajuste en la planta industrial de Lominchar en Toledo o la venta de la planta de Rafelbunyol en Valencia, adquirida por otra empresa de la competencia, el grupo Uvesa.

Estas acciones parece que contemplan a la vez la inversión por parte del grupo de hasta unos nueve millones de euros para mejorar la eficiencia de las plantas restantes.

Al margen de las cuestiones concretas que afectan a la empresa holandesa por la pérdida de su condición de interproveedor de Mercadona, la realidad es que el sector del pollo arrastra un largo calvario de penurias que ha dado lugar en los últimos años a pasar de más de 10.000 a unos 5.000 ganaderos para una producción de pollo de 1,1 millones de toneladas. El 80% de esta oferta lo controlan menos de una docena de grupos como Sada, Uvesa, Vall Companys, Coren, Grupo AN, Padesa, Guissona o Avinatur.

El sector sufre históricamente la condición de la carne de pollo como producto barato reclamo para la gran distribución a unos precios ruinosos para ganaderos e industrias y que han dado lugar a reiteradas denuncias de todo el sector ante la Agencia para la Información y el Control de la Cadena Alimentaria. Mientras al norte de los Pirineos un grupo de distribución comercializaba un pollo fresco entero a 3,50 euros kilo, ese mismo grupo lo vendía en España a 2,20-2,30 euros kilo, frente a un coste de producción, según los datos manejados por el Observatorio del Ministerio de Agricultura, de 2,70 euros. La salida de las industrias ante esta situación se ha traducido en la apuesta por comercializar por separado las diferentes partes del pollo, en lugar de unidades enteras, y lograr así una mínima rentabilidad. El sector del pollo fresco se ha visto afectado también en los últimos tres años por un recorte en el consumo por tratarse de la carne más barata y ser la más demandada por los segmentos menos favorecidos de la población, en muchos casos emigrantes que en este tiempo han abandonado el país. Igualmente se achaca esa menor demanda que pasó de 14 a 13 kilos por persona y año en los hogares para el producto en fresco a la mejora progresiva de la economía y el cambio en la demanda hacia otras carnes más caras.

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