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domingo 23 de septiembre de 2018

Reportajes
08/03/2018

La agricultura será 'climáticamente inteligente' o no será

Ricardo Migueláñez. @rmiguelanez

Cada tiempo, cada época se rige por alguna palabra que se pone de moda. En el sector agrario y agroalimentario no iba a ser menos. En su día fue el término “sostenibilidad”, que aún sigue vigente. Nada es posible si no es sostenible y ahí se incluye la rueda de la economía circular, como si se hubiera “descubierto América” de nuevo.

En el presente, toda actividad agrícola parece que tiene que ser “inteligente” (“smart”), 4.0, si quiere llegar a ser más eficaz, a lograr más (rentabilidad o productividad) con un menor gasto de (recursos, insumos, medios de producción). Evidentemente, para eso es necesaria la tecnología. Para combatir plagas y enfermedades; para garantizar el bienestar y la salud de los animales; para luchar contra el cambio climático y la sequía; para hacer frente a la escasez de tierras cultivables; a la erosión o a la pobreza de nutrientes del suelo, etcétera.

No es tanto el uso del término “inteligente” (lo queramos ver o no, la agraria y agroalimentaria son actividades cada vez más especializadas y que exigen un nivel cada vez más elevado de tecnificación), como su abuso. Y se tiene ya la impresión de que muchos actores empiezan a abusar de este vocablo, sin aportar nada real a cambio y lo utilizan en provecho propio como el “bálsamo de Fierabrás” de todos los males.

Es de sobra conocido que uno de los enormes retos a los que se enfrenta no solo la agricultura, sino toda la Humanidad, es el cambio climático. Los fenómenos meteorológicos extremos (sequías, lluvias torrenciales, inundaciones, temporales, huracanes…etc.) y el aumento de las temperaturas son algo cada vez más habitual y afectan de forma muy negativa a las cosechas.

¿Y de qué forma puede intentar combatirse, aunque sea solo en parte, todos estos riesgos que producen daños cuantiosos y casi siempre inevitables?  Pues a través de lo que denomina ya desde hace algunos años como “agricultura climáticamente inteligente” (“climate-smart agriculture” o CSA, en sus siglas en inglés).

Se trata de un tipo de agricultura también resiliente, en cuanto a que afronta o intenta sobreponerse a todas esas adversidades (del clima) pero que, además, busca no solo resistir, sino superarse e incluso ir más allá. Por otra parte, cumple de lleno con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de Naciones Unidas, que establecen metas ambiciosas a alcanzar antes de 2030, como poner fin a la pobreza y al hambre, lograr la seguridad alimentaria y la mejora de la nutrición, y promover la agricultura sostenible.

La Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) ya lanzó en noviembre de 2017 una plataforma digital sobre CSA para ayudar a orientar los sistemas alimentarios en una dirección sostenible, a través de un libro de consulta sobre cómo poner en marcha estrategias “climáticamente inteligentes” para la agricultura, presentado en el marco de la Conferencia sobre el Cambio Climático (COP 23), en Bonn (Alemania).

En esa ocasión, René Castro, actual subdirector general de la FAO y responsable del Departamento de Clima, Biodiversidad, Tierras y Aguas de esta organización intergubernamental, afirmó que “el hambre, la pobreza y el clima pueden abordarse juntos mediante enfoques como la CSA, que reconoce los vínculos fundamentales que existen entre la agricultura sostenible y las estrategias que promueven la eficiencia en el uso de los recursos, conservan y restauran la biodiversidad y los recursos naturales, y combaten las consecuencias del cambio climático.”

Enfoque CSA

El enfoque CSA, aplicado a nivel local, pero con consecuencias globales, está orientado hacia la necesaria transformación en la agricultura y los sistemas alimentarios mundiales de manera productiva y sostenible para contribuir a la adaptación y la mitigación del cambio climático. Ayuda a las personas que gestionan sistemas agrícolas para responder de forma eficaz a ese cambio climático y sus prácticas persiguen un tiple objetivo: aumentar de forma sostenible la productividad y los ingresos agrícolas; adaptarse y crear resiliencia ante el cambio climático y reducir y/o absorber gases de efecto invernadero en la medida de lo posible.

El libro de consulta sobre CSA parte de la idea manida de que el Planeta necesitará en última instancia un 50% más de alimentos para los casi 10.000 millones de habitantes que lo poblarán en el año 2050 (es decir, pasado mañana). Y hay que hallar la forma de producir todos esos alimentos con tan solo una cuarta parte de las actuales emisiones de carbono “per cápita”. Más con menos, algo así como lograr la “cuadratura del círculo”.

Ese intento solo se logrará mediante la aplicación de técnicas “climáticamente inteligentes” en la agricultura, para lo cual se necesita, como parece lógico, más inversión en investigación, desarrollo e innovación (el I+D+i), como llevan haciendo algunas empresas en nuestro país, por ejemplo Torres en el viñedo, desde hace unos cuantos años. Previsiblemente, por ahí irá también parte de la Estrategia sobre Agricultura, Clima y Medioambiente, que está elaborando el Mapama y que será presentada en los próximos meses.

La FAO señala que la CSA está generando una atención creciente en muchos países. Más de una treintena, la mitad de ellos países menos adelantados y tres cuartas partes en África subsahariana, donde los efectos del clima son a menudo devastadores, hacen referencia específica a la CSA en sus contribuciones previstas y determinadas a nivel nacional para cumplir con los compromisos hechos en virtud del Acuerdo de París sobre el cambio climático.

Esta organización señala que la mayoría de las personas pobres del mundo viven en zonas rurales, donde la agricultura constituye su principal fuente de ingresos. Desarrollar el potencial para aumentar tanto la productividad, como los ingresos de los sistemas de producción agrarios, pesqueros y forestales a pequeña escala será clave para alcanzar la seguridad alimentaria en los próximos 20 años, apunta la FAO.

Se prevé que el cambio climático golpeará con mayor dureza a los países en desarrollo (de hecho, los sectores agrícolas de estos países absorben aproximadamente el 22% del impacto económico causado por los fenómenos y desastres naturales a media y gran escala), a través de una subida de las temperaturas, un cambio en los patrones de las precipitaciones, un aumento del nivel del mar y fenómenos meteorológicos adversos más frecuentes y extremos. Todos estos efectos suponen riesgos para la agricultura y el suministro de alimentos y agua. De ahí que la resiliencia sea una preocupación predominante.

Es conocido que la agricultura es una de las principales fuentes de emisiones de gases de efecto invernadero y su mitigación puede traer consigo, a menudo, un importante beneficio colateral de las acciones que tratan de reforzar la adaptación y mejorar la seguridad alimentaria, haciéndola necesariamente compatible con las prioridades de desarrollo agrícola.

La CSA no es un conjunto de prácticas que pueden ser aplicadas de forma universal, sino más bien un enfoque que implica la integración de distintos elementos en un contexto local. Incluye acciones tanto en la explotación agrícola (sobre el propio terreno), como fuera de ella, que abarcan la aplicación de tecnologías, el apoyo de marcos políticos propicios, una mayor implicación de las instituciones locales y nacionales, así como mecanismos de financiación innovadores, que vinculen y combinen la ayuda financiera a la agricultura y al clima con inversiones de los sectores público y privado.

Entre los elementos clave de los sistemas de CSA se incluye:

1) la gestión de los cultivos, del ganado, la acuicultura y la pesca para equilibrar las necesidades de la seguridad alimentaria y los medios de vida a corto plazo con las prioridades para la adaptación y la mitigación del cambio climático;

2) la gestión de los ecosistemas y el paisaje para conservar los servicios  del ecosistema que son importantes para la seguridad alimentaria, el desarrollo agrícola, la adaptación y  la mitigación del cambio climático;

3) servicios para agricultores y encargados de la gestión de la tierra, que les permitan un mejor manejo de los riesgos/impactos del cambio climático, así como acciones de mitigación;

4) cambios más amplios en los sistemas alimentarios, con medidas en el lado de la demanda e intervenciones en la cadena de valor que refuercen los beneficios de la CSA.

Aprender experimentando

Nepal es uno de los países que más sufren las consecuencias del cambio climático. Debido a que el 70% de la población depende de la agricultura para su sustento, los campesinos nepalíes figuran entre los más afectados.  El pasado año, Ashmita Thapa (su marido tuvo que abandonar la agricultura y emigrar a Arabia Saudí, porque los rendimientos cada vez eran peores por el cambio climático y había dejado de producir alimentos suficientes para poder vivir) se hizo eco de un proyecto de la FAO.

Ashmita y unos 3.000 campesinos aprendieron a producir cultivos mejor adaptados a los impactos del cambio climático, ensayando con diferentes variedades y usando técnicas especificas para determinar las más adecuadas para sus tierras. Aprenden experimentando. También recibieron apoyo para criar animales, tras comprender cómo y cuándo alimentar a su ganado. Todo ello forma parte de un enfoque de agricultura climáticamente inteligente y sostenible, que ayuda a transformar la agricultura en sistemas resilientes que apoyan de forma efectiva el desarrollo y garantizan la seguridad alimentaria frente al cambio climático. Este proyecto de la FAO fue posible gracias al apoyo del Fondo para el Medio Ambiente Mundial (GEF, en sus siglas en inglés). Fuente: FAO.

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