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sábado 20 de octubre de 2018

Reportajes
16/05/2018

Proteína vegetal 'made in EU' (I)

La Eurocámara dio recientemente su visto bueno a una resolución no legislativa sobre la necesidad de un amplio Plan Estratégico Europeo de producción y abastecimiento de proteínas vegetales. No es la primera vez que se hace esta demanda.

Lo positivo, y el acuerdo del Parlamento Europeo puede empujar a su logro en ese sentido, es que la Comisión Europea ya está embarcada en la preparación de un “Plan de Proteínas para Europa” esperándose un informe a finales del presente 2018, y también que el Consejo, tras su “Declaración Soja” de mediados de 2017 y su posición sobre el plan comunitario de la CE de febrero de 2018, cuenta con un amplio apoyo de los Estados miembros.

El PE aprobó el 17 de abril por 542 votos a favor, 33 en contra y 109 abstenciones, una resolución no legislativa sobre la base de un informe de iniciativa del eurodiputado socialista francés, Jean-Paul Denanot, quien señaló que “la Eurocámara ha enviado un mensaje fuerte y muy claro a la Comisión: la decisión de nuevas medidas legislativas a favor de las proteínas producidas en Europa debe ser adoptada con urgencia y las propuestas presentadas en este informe deberían  abordarse en la próxima reforma de la PAC, más aún cuando la mayoría de los Estados miembros han firmado ya en el Consejo la “Declaración Soja” de la UE.”

Además de necesitar un plan de impulso de la producción propia de cultivos proteicos y de un plan de abastecimiento más racional y diversificado, la UE considera imprescindible, según Denanot, “reducir la dependencia de las importaciones de terceros países, en especial de la soja, en su mayoría modificada genéticamente, para el 80% de nuestra demanda de proteína. Esta situación ya no es sostenible y todas las instituciones deben trabajar en el mismo sentido para cambiarla.”

En anteriores ocasiones, ya se abordó el problema de las proteínas utilizadas en la alimentación animal, pero solo desde el punto de vista de las materias primas ricas en proteínas y nuestro déficit de proteínas vegetales, intentándolo resolver sobre todo mediante importaciones de soja. Ahora, se considera también importante recordar el papel de las proteínas en la alimentación humana.

Se constata, además, que el problema de la proteína no es solo el de ser más o menos dependientes del exterior, que también, sino que éste se encuentra en el centro de dos grandes retos a los que la UE tiene que dar respuesta: la seguridad alimentaria, ligada a esa dependencia exterior, y el medio ambiente y el cambio climático, con la contribución del sector agrario a la lucha contra las emisiones contaminantes a la atmósfera y contra los efectos de la variabilidad climática en el medio ambiente.

El informe constata la necesidad de los flujos de abastecimiento de proteínas vegetales importadas para atender las necesidades de la alimentación de la ganadería. Pero, a la vez, observa, que el mercado mundial de proteínas, asociado al de las tortas de soja, ha experimentado en estos últimos años cambios considerables, que podrían generar tensiones en el futuro, dado que algunas regiones del mundo se han convertido en consumidoras muy importantes, particularmente en forma de carne.

Desde hace más de 50 años, el consumo de soja – favorecido en la década de 1960 por los acuerdos GATT, firmados por la Comunidad Europea que, ante la demanda insatisfecha, dio impulso a las importaciones masivas de proteínas de países terceros libres de derechos de aduana al territorio europeo- se ha disparado en todos los países agrícolas. Esta materia prima ocupa ya el 45% del mercado mundial de proteínas.

Asegurar el abastecimiento

En Europa, el consumo de soja pasó de 2,42 millones de toneladas en 1960 a unos 36 millones en la actualidad. En otros lugares, especialmente China, el consumo ha aumentado enormemente y es ahora el primer importador mundial de soja, que procede principalmente del mayor productor y exportador mundial, que es Brasil.

En la resolución se pide prestar más atención a este hecho: China, que absorbe más de las dos terceras partes de la producción de soja brasileña, ha creado una estrategia de seguridad de su abastecimiento que podría en el futuro amenazar el propio abastecimiento de la UE y el de otros compradores de esta materia prima, con un desmesurado incremento de la factura de compra de esta oleaginosas y el riesgo de un abastecimiento insuficiente o nulo.

El actual balance de proteínas en la UE está desequilibrado. Cada año, unos 477 millones de toneladas de materias primas entran en la alimentación animal. La mitad son producción forrajera y el resto de grandes cultivos y de la importación. Si se descuenta el forraje, la demanda de proteínas vegetales se eleva a unos 45 millones de toneladas brutas al año.

La producción comunitaria de cultivos proteicos pasó de 24,2 millones de toneladas en 1994 a 36,3 millones en 2014. Sin embargo, en ese periodo el consumo interno creció mucho más, pasado de 39,7 millones a 57,1 millones de toneladas, con lo que el déficit comunitario que ya era entonces de 15,5 millones, aumentó hasta los 20,8 millones de toneladas.

La demanda de proteínas vegetales se cubre en un 60% con los coproductos en forma de tortas y en un 40% por cultivos de cereales, oleaginosa y proteaginosas en grano. La UE tiene un índice de autosuficiencia de solo el 38% para todas las proteínas en alimentación animal. El 62% restante lo tiene que importar de países terceros. Pero en este índice, además, es aún más bajo el autobastecimiento de tortas de soja, de solo el 5%, a pesar de que este coproducto representa alrededor de una tercera parte de los abastecimientos proteínicos.

Tan importante o más que el desafío anterior es el desafío ambiental. Para el PE, “tenemos que repensar muy seriamente un sistema agroalimentario sostenible, en el que las proteínas encuentren el lugar que le corresponden, a fin de dotarnos del mayor margen de maniobra y de acción posibles para reducir nuestra dependencia en cuanto a las proteínas vegetales”.

La producción de proteínas vegetales, con el uso de nitrógeno en forma de abonos de síntesis presenta un impacto ambiental considerable, que genera contaminación de los sistemas hídricos y gases de efecto invernadero durante su producción. Al respecto, “un mejor cierre del ciclo del nitrógeno comporta replantearse en profundidad la sostenibilidad de nuestros sistemas de producción agrícola y alimentario.”

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