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martes 22 de agosto de 2017

Reportajes

Renta agraria y fallos de transmisión en la cadena

Ricardo Migueláñez. Ingeniero Agrónomo. @rmiguelanez

Hace pocos días conocíamos la segunda estimación sobre la Renta Agraria de 2014, realizada por el Ministerio de Agricultura, que reflejaba un descenso de 7,5%  en relación a la del año anterior, hasta los 22.015,4 millones de euros a precios corrientes, cifra similar a la de 2011 y 2012 e inferior a la de 2010 y 2013 (23.794 M€).

Si esta renta se mide por ocupado a tiempo completo (Unidad de Trabajo Agrario-UTA-), el descenso se atenúa hasta ser del 5,2%, con una media de 13.050 euros a precios constantes o reales por cada uno de los 824.300 trabajadores agrarios (un 5,5% menos, hasta 26.708,6 €, a precios corrientes), debido a que al haber 36.900 ocupados menos que en 2013, “toca” a más en ese reparto.

El resultado de esta renta viene dado por el valor de una producción agraria a precios básicos en origen o en primera transformación, que se estima en 42.354 M€, esto es un 4,1% menos que en 2013, debido a la fuerte caída de algunas cosechas, como las de los cereales, aceite de oliva…etc., pero sobre todo a la importante contracción en valor de los precios agrarios, que de forma agregada descendieron un 6,8%, principalmente en la rama de producción vegetal, donde bajaron un 10,3%, dejando su valor un 7,4% por debajo del de un año antes, hasta 24.409,4 millones de euros, mientras que el valor de la rama de la producción animal, a pesar de recortar también un 1,9% sus precios unitarios, aumentó un 0,5%, hasta 16.115 M€, sobre el ejercicio de 2013.

No hay que olvidar, aunque muchas veces se obvia de forma intencionada, que al valor de la producción bruta de la rama agraria se añaden también las subvenciones de la PAC a los productos agrarios que en 2014 sumaron 515,4 millones de euros, casi un 3% más que en el ejercicio anterior.

Agricultores y ganaderos gastaron en consumos intermedios o medios de producción, como piensos, fertilizantes, fitosanitarios, semillas, energía, maquinaria, servicios financieros...etc., un total de 20.647 M€, apenas un 1% menos que en el año anterior. Esto supone que gastaron en insumos un 48,75% del valor de la producción bruta agraria, casi la mitad de la misma o prácticamente un 94% de la renta agraria a precios corrientes lograda en el pasado año. En otras palabras, los costes para producir que soportó el sector agrario casi se “comen” toda la rentabilidad de esta actividad, siempre hablando en términos macroeconómicos.

En subvenciones y ayudas de la PAC, el sector agrario percibió 6.365 M€, con un aumento del 0,9% respecto a 2013, representando esta cifra un 28,8% de la renta agraria global, aunque con situaciones muy dispares en función de cada uno de los sectores de producción.

Tras este breve repaso a la renta agraria de 2014, incidir en que agricultores y ganaderos tienen aún muy serios problemas para trasladar los costes de producción que soportan al precio de venta de sus productos, como sí hacen, por ejemplo, las empresas energéticas en nuestro país, para mantener sus márgenes de rentabilidad. En cambio, y casi sin temor a equivocarnos, son los siguientes eslabones de la cadena de valor alimentaria, como la industria de transformación y la distribución minorista, los que, basándose en su poder de negociación, sí “aprovechan” el hecho de que haya un exceso de oferta de algunos productos agrarios para no solo mantener sus márgenes de rentabilidad, sino para elevarlos mucho más.

Multiplicadores de precio

Esto es así, porque cuando bajan de forma considerable los precios de determinados productos agrarios, este descenso solo se traslada en una pequeña parte al precio de venta al consumidor. Y es que algo sigue sin funcionar bien en la transmisión del valor a través de la cadena, cuando se denuncian multiplicadores de 5 y de hasta de 10, o incluso más en algunos casos, entre los precios que se pagan en origen y los precios de destino al consumidor, sin que haya ninguna transformación intermedia.

Es lógico pensar que tanto la actividad de la industria de transformación, como la de la distribución deben ser rentables para que esa rentabilidad ayude a sostener también el negocio agrario. Pero si parte de esa rentabilidad, como sucede habitualmente, se logra a costa de restársela al sector productor primario, aprovechándose de su debilidad negociadora, es que estamos hablando ya de algo muy distinto.

La Ley 12/2013 de medidas para mejorar el funcionamiento de la cadena alimentaria va encaminada precisamente a tratar de minimizar esa posición de abuso y de desventaja en la relación comercial del primer eslabón de la cadena. La obligación de contratos por escrito, en el que se fijen precios, plazos y condiciones de pago, ya es de por sí un paso muy importante para el sector agrario.

Habrá que ver si la Administración, en este caso el Magrama, a través de la Agencia para la Información y Control Alimentario (AICA) y las CC.AA., que son competentes para actuar contra “praxis” comerciales, como la “venta a pérdida”, son capaces de meter en vereda y sancionar con efectividad a quien se aprovecha de los resquicios legales para hacer negocio a costa del resto de los eslabones de la cadena de valor.

Vistos los antecedentes, no es para ser optimistas. No hay más que darse cuenta de que la posición del Ministerio de Economía y Competitividad, que defiende el interés y el beneficio del consumidor ante todo y pese a todo, sigue estando muy alejada de la posición del Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente. Y que para la Comisión Nacional de Competencia, la práctica comercial de “venta a pérdida”, el uso de productos “reclamo” o las subastas, si benefician a la cesta de la compra del consumidor y al IPC, son poco menos que una bendición y no deberían en ningún caso prohibirse.

Más organización

En esta tesitura, al productor primario no le queda otra que organizarse y organizarse cada vez más. Formando estructuras que vayan lo más lejos posible a través de la cadena de valor y que estén lo más cerca que puedan del propio consumidor, evitando pasos intermedios e intermediarios que se quedan con buena parte del valor de los bienes que produce.

Por su parte, la empresa consultora Kantar Worldpanel prevé que este año mejoren las perspectivas del gran consumo en nuestro país, tras retroceder un 2,9% en ventas y un 1,8% en valor en 2014, uno de los peores años para este sector (¿y qué esperaban?), a pesar de lo cual no han dejado de abrirse un día sí y otra también nuevos establecimientos de venta minorista. La competencia aumentará en el gasto de los productos frescos, lo que, sin duda, ejercerá una fuerte presión sobre los eslabones anteriores de la cadena de valor. Y para añadir aún más presión si cabe, el anuncio en estos días de que las alianzas de las grandes cadenas europeas de distribución (Casino e Intermarché, Carrefour y Cora, Auchan y Système U…) para la compra en común de productos líderes de fabricantes marquistas, podría extenderse también al segmento de marcas propias y de primeros precios. Ahí es nada.

Trabajemos en común, evitemos ineficiencias de verdad en toda la cadena, porque de seguir como se está haciendo estrangularemos a todos los eslabones y tendremos que “cerrar el chiringuito”.

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14/05/2014

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