Periódico Digital Qcom.es: El punto de encuentro de la cadena agroalimentaria
  • facebook (en nueva ventana)
  • twitter (en nueva ventana)
  • Google plus (en nueva ventana)
  • RSS Avisos
Búsqueda en los contenidos de la web

viernes 22 de junio de 2018

Opinión
13/03/2018

La banderita nacional

Vidal Maté. @trigolimpio_VM

Al Ministerio de Agricultura no le cabía la camisa en el cuerpo y, por deriva, al sector agrario, ante los aires comunitarios que manejaban la posibilidad de una cofinanciación de los pagos directos y, en consecuencia, una puerta abierta para una mayor renacionalización de la Política Agrícola Común. A la Administración, porque se le venía encima sacar de la chistera una cifra que podía llegar a los 2.500 millones de euros, algo parecido al coste del rescate de las autopistas donde los grandes de la construcción no supieron hacer bien los números, y al sector agrario, considerando la imposibilidad de que una Administración que regatea unos euros en los presupuestos de cada año, pudiera volverse de repente generosa para compensar lo que Bruselas no daba.

Desde la Administración, uno de los mensajes más repetidos en los últimos meses ha sido la necesidad de mantener una PAC fuerte como un mecanismo clave en la construcción de la Unión Europea, instrumento cohesión entre los países y para la sostenibilidad del territorio. Todos los dirigentes comunitarios más destacados se han reiterado hasta la saciedad la necesidad de reforzar el mercado único como el logro más importante conseguido por los 28 países miembros. Sin embargo, a pesar de tanta cohesión en los medios, de la oposición a la cofinanciación y a la renacionalización de la PAC y para operar de verdad en una zona de libre comercio, lo cierto es que brillan por todas partes ribetes de nacionalismo disfrazados por la necesidad de las políticas de proximidad, del kilómetro cero, la defensa del medio ambiente, cuando la realidad es pura y simplemente la defensa de la comercialización de sus productos, aunque sean de menor calidad y menos competitivos que los procedentes del mismo territorio comunitario, pero de otro país.

Para ofrecer más información al consumidor sobre el producto agroalimentario se han dado avances importantes para que en los mismos figure el país de origen, aunque Bruselas ha dejado en muchos casos, en manos de cada Estado miembro, la opción de señalar simplemente origen comunitario.

En este contexto, en los últimos tiempos han sido varios los países que para diferentes productos (Italia, en leche, pasta, arroz, y ahora en tomate de conserva; Francia lácteos y elaborados cárnicos, etc.) han optado por imponer señalar el origen. España pudo hacerlo en la miel, pero desde la Administración se entendió que no era necesario para evitar fraudes. Sin embargo, en ese espacio de libre comercio, en la práctica, con el asentimiento y hasta el apoyo de las instancias públicas, las mismas que hablan de reforzar el mercado único, se estaría promoviendo una política de preferencia nacional, de renacionalización de los productos arropados por la banderita para que al consumidor no se le olvide de dónde viene lo que adquiere como serían los melocotones españoles en Francia en el momento de su campaña, o de la fresa en el Reino Unido. Había y hay miedo a una renacionalización de la PAC y sin embargo, de puntillas, tenemos de hecho otra renacionalización creciente de los mercados de los productos agroalimentarios con las banderas como protagonistas, mientras los líderes comunitarios defienden y alientan el mercado único y la libertad de comercio.

En España, salvo en las cuestaciones de la Cruz Roja, del cáncer y la del Domund, en materia de alimentación, solo se han visto las banderas en las ferias o promociones de las comunidades autónomas o campañas boca a boca contra los productos catalanes, por cabreos políticos. A diferencia de otros países, no somos propensos a ponernos banderas en la solapa y menos en los productos alimentarios. Hay una importante empresa de la carne de nombre España por el apellido familiar, que lleva ya años con la bandera en sus productos y reconocía que su colocación le suponía vender con normalidad en casi todo el territorio y menos en algunas comunidades autónomas. Lo de la colocación en los envases de la leche las siglas PSL, Producto Lácteo Sostenible, para señalar que era de producción nacional, fue una iniciativa que pasó sin pena ni gloria simplemente porque no existe esa conciencia de la que les sobra en países vecinos.

Y ahí está el dominio de los mercados de productos de la huerta transformados de China a Perú pasando por Marruecos basada simplemente en la estrategia dominante de la distribución de precios bajos. Perderemos esta guerra.

<< volver

MÁS EN Opinión

22/06/2018