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miércoles 28 de junio de 2017

Reportajes

El sector vitivinícola español no debería llevarse a engaño

Ricardo Migueláñez. Ingeniero Agrónomo. @rmiguelanez

En breve se conocerán las estadísticas de comercio exterior de mercancías de 2014 y ya se da por seguro que España encabezará por vez primera el ránking mundial de exportación de vino en volumen, con previsiones de ventas de unos 23 millones de hectolitros (26-27 millones o más si contamos otros productos vitivinícolas, como mostos, vinagres y alcoholes vínicos), marcando un récord histórico y superando a Italia y Francia.

La producción récord de la vendimia de 2013, con casi 53,6 Mhl, y las más moderada de este año, con 41,6 Mhl estimados, han sumado una considerable oferta que, sobre todo, ha venido muy bien para atender la demanda no satisfecha de nuestros clientes y principales competidores en el mercado mundial, como son Francia e Italia, que han tenido durante estos dos últimos años unas producciones bastante moderadas e incluso bajas.

Sin duda, la coyuntura ha llevado a nuestro país a liderar la exportación mundial de volumen de vino, que en los últimos años había estado encabezada por Italia y Francia. Se trata de un éxito al que no hay que darle muchas vueltas, pero que tampoco debe llevar a engaño al propio sector. No hay que olvidar que estas mayores ventas han sido posibles también gracias a una política de muy bajos precios en los vinos enviados a granel, que representan aún más de la mitad del total de los vinos comercializados en el exterior, para competir con los precios de los vinos de los países productores del Hemisferio Sur (Argentina, Chile, Australia, Nueva Zelanda o Sudáfrica).

El precio medio de venta general de nuestros vinos en los mercados foráneos está en alrededor de 1,1 €/litro, cerca del 20% inferior al de hace un año, frente a los casi 2,5 €/litro de media del resto de principales proveedores.

Mientras, en nuestro país, la demanda de consumo de vino sigue deteriorándose y continúa su lenta agonía, sin que el sector pueda, sepa o cuente con los instrumentos necesarios para poder frenar ese descenso permanente año tras año. Hablamos de niveles de consumo interno de apenas 9 millones de hectolitros. Aunque estamos todavía en el “top” de los 20 países con mayor consumo “per cápita”, con 21,3 litros por persona y año, según los últimos datos de la Oficina Internacional de la Viña y el Vino (OIV), que hay que tomar con cautela, ocupamos el puesto 16 en un ránking que encabeza el Estado de Vaticano, con 73,8 litros “per cápita”, seguido de lejos por Luxemburgo (49,8 l/pc) y Francia (46,4 l/pc), incluso superados por países no productores como Dinamarca o Reino Unido.

A nuestro entender, el balance de mercado de este sector se encuentra un tanto desequilibrado en la actualidad, pues, a grandes rasgos, más de dos terceras partes de nuestra oferta de vino solo encuentran acomodo en el exterior y apenas una tercera parte atiende nuestra demanda interna. Incluso, eso no sería tan negativo, si no fuera también porque más de la mitad del vino exportado total, lo es a granel y a un precio muy bajo (de apenas 0,40 €/litro de media), que en buena parte sirve para atender la demanda no cubierta por clientes que, como Italia y Francia, además son también nuestros competidores directos en el mismo mercado mundial.

Consumo a la baja

Según un reciente informe del International Wine and Spirit Research (IWSR), presentado en la última Vinexpo de Burdeos, los productores tradicionales seguirán en el periodo 2014-2018 disminuyendo su consumo interno, entre ellos España, que continuará retrocediendo hasta los 78,6 millones de cajas de 12 botellas/caja, un 4,2% menos, ocupando la novena posición mundial por volumen total consumido de vino, después de bajar un 12,3% en el periodo anterior 2009-2013, muy lejos de los 378 millones de cajas de Estados Unidos, el primer consumidor mundial por delante de Francia (288,2 millones).

Se trataría, por tanto, de recuperar el malogrado consumo interno, sin descuidar a la vez el salvavidas que supone para el sector vitivinícola español el mercado exterior, procurando apostar cada vez más por la comercialización de vinos de calidad, a ser posibles envasados (en origen o, si no es así, como parece que está cada vez más de moda, en destino, pero controlando todo el proceso) e incorporando precios y valor añadido en línea con el resto de nuestros principales competidores.

En todos esto, la recién creada Organización Interprofesional de la Viña y el Vino (OIVE) tendría mucho que decir y mucho más que hacer, si es que encuentra finalmente el camino para ello.  Tras crearse a finales de julio del pasado año y ser refrendada por el Gobierno y el BOE a principios de este año, esta interprofesional tiene identificados sus retos: la promoción del consumo, en especial en el mercado interior; el fomento de la I+D+I; el diseño de estrategias para la comercialización; el impulso de la contractualización sectorial; la regulación de la oferta y de las calidades dispuestas en el mercado, así como la mejora sustancial de las estadísticas y de la información disponibles sobre el sector vitivinícola.

Este último punto es, ahora mismo, el más perentorio para la OIVE. De hecho, es el punto principal que van a llevar a la reunión con la ministra de Agricultura, Isabel García Tejerina, este próximo 24 de febrero. Es vital contar con una óptima información sectorial, de la que se carece en la actualidad, con un sistema centralizado e informatizado de información de la producción y el comercio vitivinícolas, similar al que tiene la Agencia de Información y Control Alimentario (AICA) en los sectores de aceituna de mesa y aceite de oliva, para poder afrontar esos retos y cumplir los objetivos que se plantea la interprofesional.

Si el sector no es capaz de generar por sí mismo los recursos económicos que necesita, mediante la aplicación de la extensión de norma al conjunto de la profesión vitivinícola, será casi imposible llevar a cabo las medidas de recuperación del consumo interno de vino, de mejora de la promoción y de la calidad de nuestras ventas al exterior, cuando no de puesta en marcha de planes y programas de investigación e innovación aplicada.  De ahí, que sea urgente encontrar un mecanismo que permita recaudar fondos de todo los operadores del sector para realizar las acciones previstas por la OIVE en beneficio del propio sector.  

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