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martes 23 de mayo de 2017

Reportajes

El precio de los alimentos en el futuro

Ricardo Migueláñez. Ingeniero Agrónomo. @rmiguelanez

Recientemente, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) emitieron un informe conjunto sobre las Perspectivas Agrícolas 2015-2024,  que fue profusamente difundido por gran parte de los medios bajo la leyenda de que ambos organismos preveían una mayor producción agrícola y precios más bajos en la próxima década, basándose en factores como un alto rendimiento de los cultivos, en una mayor productividad de la tierra y en un crecimiento más lento de la demanda mundial, así como en los supuestos “beneficios” de una bajada del precio del petróleo, que debería contribuir a unos menores costes de la energía y de los fertilizantes y a desincentivar la producción de biocombustibles de base alimentaria.

No dejan de sorprender este tipo de informes sobre tendencias en algo tan extremadamente volátil e impredecible como es la producción de alimentos, tan dependiente de los cada vez más visibles efectos desastrosos del cambio climático, cuyas consecuencias son a priori imposibles de medir o valorar, así como de las enormes limitaciones de suelo agrícola y agua dulce existentes en nuestro Planeta. En 1961 había 2,5 hectáreas de tierra cultivable por habitante y se estima que en 2050, con el aumento de la población y la menor disponibilidad de terrenos para uso agrario, haya menos de 0,8 hectáreas.

Es imposible adivinar los efectos que sobre la oferta de alimentos puede tener la aparición de nuevas plagas o la extensión de las existentes, y de enfermedades animales. Baste como ejemplo ver lo que está sucediendo en un sector tan concreto, como el de avícola de puesta y la expansión de la Influenza aviar en Estados Unidos o en algunos países de Europa.

Tampoco es posible conocer de antemano cómo puede afectar a los mercados de materias primas agrícolas la firma de acuerdos de libre comercio o, por el contrario, las trabas al mismo (veto ruso), así como la incidencia de la adopción de medidas de tipo monetario o fiscal por parte de algunos Estados o bloques de países.

En el informe de la OCDE/FAO sí que se menciona el efecto que puede tener sobre los suministros de materias primas alimentarias la concentración de las exportaciones de productos agrícolas. “Contar con relativamente pocos países en el suministro de los mercados mundiales de algunos productos básicos aumenta los riesgos de mercado, incluso aquellos que están relacionados con desastres naturales o con la adopción de medidas comerciales disruptivas”.

Ambos organismos internacionales reconocen que el escenario actual refleja las “condiciones fundamentales” de la oferta y la demanda en los mercados agrícolas. Sin embargo, las “perspectivas” están sujetas a una serie de incertidumbres, algunas de las cuales se exploran con análisis estocástico (aleatorio o que no se puede predecir) y “existe la posibilidad de por lo menos un golpe severo a los mercados dentro de los próximos diez años si las variaciones históricas de los rendimientos productivos, los precios del petróleo y el crecimiento económico se proyectan hacia el futuro”.

Múltiples factores

Son tantos los factores directos e indirectos que pueden afectar a la oferta y demanda de alimentos en el mundo, que es casi imposible establecer unas perspectivas sólidas, estables y medianamente creíbles sobre lo que puede suceder en un horizonte a medio plazo. De hecho, uno de los impulsores de la oferta de materias primas en estos últimos años ha sido el “mantra” de que la población mundial crecerá desde los 7.000 millones de habitantes aproximadamente de hoy en día a los 9.600 millones en 2050 y de que necesitaremos producir un 70% más de alimentos a nivel global para alimentar a la población mundial y a la creciente clase media de los países emergentes.

Esto contrasta, por ejemplo, con la realidad de los actuales bajos precios de las materias primas agrícolas en origen que soportan muchos agricultores y ganaderos. Reflejo de ello es la evolución del Índice de Precios de los alimentos básicos (cereales, carne, lácteos, aceites vegetales y azúcar) que elabora la FAO y que volvió a disminuir en el pasado mes de agosto, con la mayor caída mensual desde diciembre de 2008, debido al elevado volumen de suministros, al descenso de los precios de la energía y a la preocupación por la desaceleración económica en China. Este índice se situó en un promedio de 155,7 puntos, el más bajo que se recuerda desde el año 2006 (127,2 puntos) y muy alejado de los 229,9 puntos del año 2011.

En el estudio de la OCDE-FAO se señala que los precios de todos los productos agrícolas disminuirán en términos reales durante los próximos diez años, conforme aumente la producción, apoyada por un crecimiento de la productividad y bajos precios de insumos, por encima de los lentos incrementos de una demanda, que se espera sobre todo en los países en desarrollo. A ello contribuirá en estos países, el aumento de la población y el crecimiento de los ingresos per cápita, que harán que los consumidores diversifiquen su dieta al aumentar su consumo de proteínas de origen animal en relación con los almidones.

Por esta razón, indica el informe, se prevé que los precios de la carne y los lácteos aumenten respecto a los precios de los productos agrícolas, con la excepción de los cereales secundarios y las semillas oleaginosas utilizadas para la alimentación animal. Es decir, por simple descarte, los precios de los alimentos básicos se incrementarían, menos en el caso de los cereales destinados al consumo humano, las grasas vegetales y el azúcar en esa concatenación lineal de causa-efecto, que se establece en dicho estudio.

¿En qué se basan la OCDE-FAO para prever que los precios y la demanda crecerán en unos alimentos y no en otros?  ¿Por qué considera que la demanda aumentará lentamente, cuando, por otro lado, se prevé un aumento de la población, sobre todo en los países emergentes, y de las clases medias en esos países, de las que se dice que demandarán alimentos de mayor valor añadido? ¿Cómo es posible obviar en esas predicciones los efectos cada vez más notorios y determinantes del cambio climático sobre las cosechas?

“El Niño” es un fenómeno

En estos días, precisamente, se ha venido comentando que el cambio climático ha creado condiciones sin precedentes para el actual fenómeno meteorológico de “El Niño”, que registrará su mayor intensidad entre octubre y enero, al alterarse el equilibrio en el océano Pacífico, y que es probable que cause fuertes sequías en el Sudeste Asiático y exceso de lluvias y, por tanto, inundaciones en América Latina, Asia, Oceanía y África. ¿Qué consecuencias y durante cuánto tiempo podrá tener esta anomalía climática sobre las cosechas y la oferta de alimentos en los países afectados?

A principios del pasado mes de agosto saltaba la noticia de que las autoridades de China se estaban planteando erradicar la “política del hijo único”, tras 40 años de control estricto de la natalidad, ampliando a todas las parejas el permiso para tener un segundo vástago ante el envejecimiento de la población. Si esto se llevara finalmente a cabo, ¿qué consecuencias tendría en la demanda mundial de alimentos. Se ha calculado que esta prohibición ha evitado durante esas cuatro décadas 400 millones de nacimientos. ¿Es posible descartar políticas activas y más incisivas de fomento de la natalidad en una Europa también envejecida?

En medio de todo esto y a pesar de los progresos de las últimas décadas, no hay olvidar que todavía existen cerca de 800 millones de personas, en su mayor parte en zonas rurales, que carecen de alimentos suficientes. Eliminar la “subalimentación” crónica en 2030 es un elemento clave en el Objetivo de Desarrollo Sostenible 2 de la nueva agenda post-2015, que deber ser adoptada por la comunidad internacional a finales de año y es también el objetivo central del “Desafío Hambre Cero”, promovido por Naciones Unidas.

Al respecto, un estudio reciente de la FAO, el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA) y el Programa Mundial de Alimentos (PMA) calcula que una inversión total de unos 267.000 millones de dólares USA anuales durante los próximos 15 años (160 dólares USA anuales por cada persona que vive en la extrema pobreza), equivalente al 0,3% del PIB mundial, con un enfoque que combine la protección social con inversiones adicionales específicas en agricultura, en zonas rurales y urbanas, dirigidas específicamente a los más pobres, erradicaría el hambre de forma sostenible para el año 2030.

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