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El punto de encuentro de la cadena agroalimentaria

Periódico Digital Qcom.es: El punto de encuentro de la cadena agroalimentaria

3 DE noviembre DE 2022

La incertidumbre marca los mercados del vino español

Rafael del Rey. Observatorio Español del Mercado del Vino

 Más o menos despejadas las dudas sobre el tamaño de la última vendimia, el vino español se enfrenta al reto anual de vender su producción, en los distintos mercados y generando el mayor valor posible. Y no está fácil. Entre la gran incertidumbre que limita el crecimiento y la demanda, por una parte, y las subidas de costes, por otra, el reto es cómo mantener o seguir mejorando los márgenes de las marcas y, con ello, del conjunto de la cadena de valor.

Si uno de los factores determinantes de la rentabilidad del vino, como de cualquier otro sector productivo, es que haya un equilibrio entre la oferta y la demanda, una producción estimada sobre los 39 millones de hectolitros de vino y mosto, algo más elevada de la que se esperaba durante el verano, pero en línea con la campaña pasada y todavía un poco menor que la media de los últimos años, evita el riesgo de excedentes que presionen a la baja los precios.

No ha sido tan corta en otros países europeos; y eso nos afecta. Que Italia, Alemania o Francia hayan tenido algo más de producción de vino y mosto que el año anterior (un 18% más estimado en Francia, 5,1% en Alemania y muy similar a la anterior en Italia) afecta a nuestras ventas de vino a granel. Más del 54% de nuestras exportaciones de vinos son a granel y cerca del 80% de ellas se dirigen a tan solo cuatro grandes mercados: Francia, Alemania, Italia y Portugal. Mercados, cuyas compras de vino español dependen mucho (i) de sus propias producciones y (ii) de cómo les vayan sus propias ventas. Un grado de concentración de las exportaciones españolas y un grado de dependencia de unos pocos factores – además del precio –, que generan grandes variaciones en el vino que vendemos.

Pero la posible evolución de nuestras ventas de vinos a granel no es la única duda que tenemos. Nos enfrentamos a una mezcla de factores que llevan a la preocupación. Por un lado, la subida importante de los costes. A las distorsiones que se produjeron en 2021, por la recuperación post-COVID tras la gran disrupción de la oferta del 2020, que ya generaron escasez de algunos productos como cartón, madera, cápsulas o vidrio y problemas serios de logística, se unieron a principios del 2022, las repercusiones de la guerra de Rusia en Ucrania. Nuevas subidas de costes, ahora en un marco de inflación generalizada; mantenimiento de la escasez de productos, ahora también derivada de la subida de costes energéticos en muchos de nuestros proveedores; el consiguiente incremento de los costes laborales y, como fruto de las medidas monetarias para combatir la inflación, también de los costes financieros, se suman todos para poner a las empresas ante la necesidad de amentar precios para poder mantener márgenes. Y no está nada claro cómo puedan reaccionar los mercados ante esa subida de precios.

El consumo en el mercado nacional está ralentizando su crecimiento. La esperada recuperación tras la COVID y los confinamientos, que se inició con fuerza en 2021 y nos hacía incluso esperar que pudiéramos en 2022 llegar al récord reciente de consumo de más de 11 millones de hectolitros con el que habíamos terminado 2019, se ha frenado. En el interanual a agosto apenas alcanzamos los 10,2 millones. El mercado español del vino es muy sensible a las subidas de precios y, pese a la recuperación en bares y restaurantes y la vuelta de los turistas, no está en estos momentos tan boyante como cabía esperar.

Pero si en el mercado nacional vendemos algo más de 10 millones de hectolitros, en los internacionales superamos los 21 millones (y hasta casi 29 millones si sumamos vermut, mostos y vinagres). El vino español está extraordinariamente internacionalizado. Y también en ese caso comprobamos que la subida de costes lleva a una subida de los precios de venta y estos a una facturación – todavía – mayor, pese a venderse menos volumen. Ya hemos visto que nuestras exportaciones de vinos a granel están disminuyendo en litros (-7,1%), con precios que aumentan un 18% y generando una facturación todavía un 10% superior a la del año anterior. Y algo similar está ocurriendo con las ventas de vinos envasados: con una caída del 5% del volumen, subida del 9% de los precios medios y aumento aún del 4% en la cifra de facturación en euros.

Ventas en los distintos mercados, que están marcadas por la gran incertidumbre sobre cómo evolucionará la economía en los próximos meses. Los anuncios públicos son de un invierno – en el hemisferio norte – duro, con gastos de energía disparados y todo tipo de restricciones, una inflación que no tiene visos de reducirse en breve y unos tipos de interés al alza para “enfriar la economía”. Ante todo lo cual es comprensible que se modere el consumo.

Ahora bien, si sabemos cuáles son las causas para la situación actual, también podemos encontrar motivos para el optimismo. Algunas son causas con efectos a largo plazo. Europa, en particular, va a destinar muchos recursos en los próximos años a mejorar su mix energético, reducir su dependencia de Rusia, y aumentar los gastos en defensa. La des-globalización impulsada por la COVID y la creciente inseguridad mundial va a exigir también recursos destinados a otras inversiones industriales y tecnológicas estratégicas. Pero una parte importante de la inflación actual deriva de costes energéticos y escasez de productos provocados por la guerra de Rusia. Y esta, de una u otra forma, va a acabar en algún momento. Y el final de la guerra puede llevar a un nuevo periodo de bonanza e ilusión, del que el vino español se beneficie. Y el vino español tiene hechos gran parte de los deberes. Se ha internacionalizado, esta amentando sensiblemente sus equipos y redes comerciales y tiene una mentalidad por la búsqueda del valor de sus marcas y mejora de su imagen y distribución que, aunque todavía lejos de Francia e Italia, nos lleva en la buena dirección.

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