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El punto de encuentro de la cadena agroalimentaria

Periódico Digital Qcom.es: El punto de encuentro de la cadena agroalimentaria

10 DE septiembre DE 2019

Desperdicio alimentario: juntos alimentamos soluciones

En septiembre de 2015, los líderes mundiales aprobaron unos Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) que incluían, entre otros muchos retos,  el de trabajar para reducir a la mitad el desperdicio mundial de alimentos en 2030. Tres años antes, en 2012, AECOC había arrancado en España un proyecto de colaboración - pionero en el mundo-  por el que las empresas de la industria y la distribución alimentaria se comprometían de forma voluntaria a cumplir con un decálogo de buenas prácticas para prevenir la generación de desperdicios y optimizar el uso de los excedentes alimentarios. Por aquel entonces  éste problema no se había integrado aún  de facto en las agendas políticas ni tampoco  existía el clamor  mediático y popular  que este tema genera siete años después.  

Afortunadamente, en los últimos años la concienciación sobre la importancia de frenar el desperdicio de alimentos en las economías desarrolladas ha crecido de manera notable, algo lógico considerando los esfuerzos que desde la colaboración público-privada se están llevando a cabo para reducir  este problema.

Según la Comisión Europea, anualmente se desperdician en el mundo 1.300 millones de toneladas de alimentos,  un 14%  de los cuales se producen en Europa. España no es el país europeo que peores registros presenta. Ocupamos un séptimo puesto, tras economías como la británica, alemana o francesa, si bien es sumamente importante que sigamos trabajando para frenar un problema que, según datos de la Encuesta de Hábitos de Consumo elaborada por la Mesa de Participación (MPAC), preocupa al 91% de la población de nuestro país. 

La cuestión es ¿dónde se produce esa cantidad de desperdicio? La realidad es que cada uno de los eslabones de la cadena de valor tiene su responsabilidad en la lucha contra el mismo.  Según la Comisión Europea, el 5% del total del desperdicio  lo genera el comercio, el 14% bares y restaurantes, el 39% la industria y el sector primario y el 42% restante todos y cada uno de nosotros en los hogares.  Es importante poner de relieve estos datos para darnos cuenta y tomar conciencia  de que, en la lucha contra el desperdicio de alimentos, todos tenemos un papel fundamental. Por ello, para conseguir reducirlo, es clave la colaboración entre administraciones públicas, empresas, organizaciones y consumidores.

Hoy, la buena noticia es que el esfuerzo conjunto que se ha realizado desde iniciativas como la coordinada por AECOC “La Alimentación no tiene desperdicio” -que secundan más de 500 empresas españolas-, el plan del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación “Más alimento, menos desperdicio” o los que han liderado diversos gobiernos autonómicos han permitido no sólo sensibilizar a todos los agentes implicados de  la importancia de pasar a la acción sino también avanzar en la dirección deseada. Concretamente, las empresas integradas en el proyecto de AECOC “La Alimentación no tiene desperdicio” han conseguido reducir de un 1,03% a un 0,75% la cantidad de producto desperdiciado desde la puesta en marcha de la iniciativa.  

Se trata de un logro que conviene destacar y que da clara muestra del firme compromiso que las empresas de la industria y la distribución alimentaria han adquirido contra el desperdicio de alimentos. Buena parte de ellas han integrado sus iniciativas como una línea de trabajo dentro de sus proyectos de sostenibilidad; algo perfectamente lógico teniendo en cuenta el impacto medioambiental que este tema presenta, tanto desde el punto de vista de la utilización de recursos naturales como por la generación de residuos.    

Pero ésta es sólo una de las caras de un problema que tiene también un impacto económico y social y que, a diferencia de lo que pueda pensarse,  afecta tanto a las economías desarrolladas como a los países en vías de desarrollo, aunque, obviamente, por distintas razones.

Y es que en las economías desarrolladas, en las que el 42% del total del desperdicio generado en la cadena de valor se produce en los hogares, se impone el síndrome de la abundancia. Es decir, el despilfarro está directamente relacionado con la progresiva  pérdida de valor del alimento; una realidad que socialmente deberíamos combatir, puesto que los alimentos son siempre valiosos con independencia de cuál sea su precio en el mercado. A diferencia de ello, en las economías en vías de desarrollo, la pérdida de producto se produce por  la falta de infraestructuras que permitan una correcta manipulación, transporte y/o conservación de los alimentos o por la deficiencia de las mismas. 

Ahora bien, ¿qué han hecho las empresas para reducir de forma tan notable sus porcentajes de desperdicio? En primer lugar analizar exhaustivamente sus procesos para identificar puntos críticos para poder después introducir medidas correctoras destinadas a   evitar cualquier ineficiencia -ya sea técnica o humana- que pueda acabar generando desperdicio. Otro paso, sin duda fundamental, ha consistido en incorporar una serie de indicadores que permitan conocer el porcentaje inicial de desperdicio para poder así marcar objetivos de mejora, ya que, como suele decirse, lo que no se puede medir no se puede mejorar.        

También la innovación, tanto en procesos, sistemas, productos, envases y embalajes se ha convertido en un área de trabajo realmente importante en la prevención del desperdicio. No en vano, buena parte de las pérdidas están conectadas con oportunidades de mejora en la conservación o el total aprovechamiento de la materia prima o el producto acabado, tanto en el ámbito empresarial como en el hogar.

Junto a las empresas, también los gobiernos han hecho de la lucha contra el desperdicio alimentario una causa importante en sus campañas y agendas de trabajo. Francia fue el primer país en aprobar una ley que penaliza a los establecimientos que tiran comida, mientras Italia, a diferencia de sus vecinos, ha optado por incentivar la recuperación, simplificando los trámites para donar excedentes, practicando descuentos del IVA y de los impuestos sobre los residuos, obteniendo muy buenos resultados. 

En España, el Senado ha realizado una Ponencia de estudio sobre el desperdicio alimentario en el Estado español, el Gobierno trabaja en el impulso de su estrategia “Más alimento, menos desperdicio” y el Govern de Cataluña tiene ya una proposición de ley de lucha contra el desperdicio. Son sólo algunos ejemplos de las iniciativas que tratan de evitar que malgastemos recursos naturales para producir alimentos que nadie va a consumir en un mundo en el que millones de personas no tienen acceso a estos bienes básicos y en el que, en 2050, vamos a tener que producir un 70% más para poder alimentar a una población en claro crecimiento.  

Gracias al compromiso empresarial, social, educativo y gubernamental, la cara del desperdicio alimentario en 2019 es algo más amable que la que nos encontramos en 2012 al arrancar “La Alimentación no tiene desperdicio” y, aunque somos conscientes de que aún queda mucho camino por recorrer también lo somos de que, juntos, avanzamos en la dirección correcta. ¿Seguimos trabajando? La economía, la sociedad y el planeta nos lo agradecerán.  

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