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El punto de encuentro de la cadena agroalimentaria

Periódico Digital Qcom.es: El punto de encuentro de la cadena agroalimentaria

20 DE enero DE 2021

No fue un buen año agrario el 2020, lo diga quien lo diga

Ricardo Migueláñez. @Rmiguelanez

Con el ánimo de analizar la situación real del sector agroalimentario, creo que cuando finaliza un año es importante hacer balance y con ese espíritu constructivo que nos caracteriza, por si sirve de algo, a continuación vamos a analizar lo que se ha hecho en 2020 y ver qué retos tenemos para los próximos meses.

Nadie con sentido común que, al parecer, es el menos común de los sentidos, puede llegar a pensar que el nefasto 2020 fue un buen año para el campo español. La realidad de nuestro sector agrario es tan amplia y diversa como para creer que un dato, sin duda positivo, como el de primera estimación de la Renta Agraria, cuyo cálculo está basado en estándares de medición estadística de Eurostat, puede ser extensible a todos los sectores, a todos los cultivos y ganaderías, a todas las explotaciones y empresas agrícolas o agroalimentarias.

Como sucede siempre, en cualquier circunstancia, sea ésta favorable o todo lo contrario, a unos les va mejor y a otros peor, pero no a todos mejor, ni a todos peor. El incremento estimado del 4,3%, hasta cerca de 29.100 millones de euros, de la renta del sector agrario es un dato macroeconómico agregado que dista mucho de lo que es el parte diario de cada sector, y no digamos ya de cada agricultor o ganadero en particular. Los que tenemos amigos agricultores y ganaderos que nos cuentan la realidad que pasan diariamente, sabemos lo que realmente ocurre en el campo.

Por eso, no hay que llevarse a engaño, ni agarrarse a un “clavo ardiendo”, como parece que se ha agarrado este Gobierno y otros lo han hecho en otros momentos, a la hora de buscar noticias positivas que dejen a resguardo su prestigio, por decirlo con maneras suaves, de la “cosa” agraria.

No hay que olvidar cómo empezó ese año justamente hace un año, con los tractores en las carreteras y con protestas de agricultores y ganaderos en la mayor parte de las ciudades y cabeceras de comarca de prácticamente todas las Comunidades Autónomas, debido a los bajos precios de la mayoría de sus productos y al insuficiente reconocimiento social e institucional de esta actividad.

Estas manifestaciones que, semana tras semana, se vinieron sucediendo y que abrieron muchas portadas de periódicos, radios y televisiones, e inundaron también las redes sociales, llevaron al ministro Planas a convocar a las organizaciones agrarias a cuatro mesas o grupos de trabajo para analizar los problemas principales que acuciaban y acucian al sector, desde los bajos precios, el incremento de los costes de producción y la insuficiente eficacia real de la ley de la cadena alimentaria, hasta la subida del SMI y la cuestión fiscal, los seguros agrarios, las tarifas eléctricas para  el regadío, el recorte de fondos de la futura PAC y un largo etcétera.

La aparición y eclosión de la Covid-19 en nuestro país en las primeras semanas de marzo y el confinamiento severo decretado, junto con sus consecuencias más urgentes, acabó de raíz tanto con las protestas agrarias (por responsabilidad), como con las mesas de trabajo que apenas se habían constituido e iniciado su labor (algo menos entendible). Y así hasta ahora.

El parón de todo tipo de actividad, menos la considerada esencial (como la de producción, transporte y venta de alimentos y bebidas a los consumidores) durante los meses de marzo, abril, mayo y parte de junio supuso, de entrada, que los sectores productivos más ligados (o totalmente dependientes) al canal de hostelería y restauración privada o colectiva (Horeca) y, por extensión al turismo y a los eventos, celebraciones y actos culturales, religiosos, de ocio o servicio, entraran en serios problemas y lo pasaran francamente mal.

Me refiero principalmente al ovino y caprino, vacuno de carne, porcino ibérico, vino y otras bebidas (cerveza y espirituosas), quesos, foie, flores y plantas ornamentales, aceite de oliva, etcétera.

La puntilla

Aunque al inicio del verano se observó una leve recuperación de la actividad, debido al fin del drástico confinamiento, al descenso de casos de Covid-19 y a las medidas de flexibilización para la apertura del canal Horeca, todo quedó en un mero espejismo. Antes de acabar agosto se dio inicio anticipado a una segunda ola de la pandemia, que duró prácticamente todo el otoño y se recrudeció a finales de noviembre y principios de diciembre.

Los puentes festivos del último mes de 2020 y el inicio de las fastos de Navidad y fin de año, a pesar de las insuficientes recomendaciones de cautela y de prudencia de las instituciones para frenar las reuniones sociales y familiares, y el excesivo optimismo lanzado por el Gobierno y las CC.AA. ante el inicio de la vacunación, que ha “relajado” algo más el subconsciente, nos ha llevado a la situación álgida de contagios de “tercera ola” en la que estamos ahora inmersos y al temor de que serán necesarias medidas mucho más drásticas, rayanas con el confinamiento general de la pasada primavera.

El campo no ha estado al margen de esta crítica y deprimente situación general, por mucho que se le diga que es esencial y que no puede parar. Esencial, sí, pero se necesitan algo más que palabras afortunadas. Y que no ha podido parar, es evidente, puesto que su actividad es, fue y será la garantía del abastecimiento de alimentos frescos a los ciudadanos o para su transformación a la industria.

Incluso algunos sectores, sobre todo los de mayor demanda de mano de obra en época de cosecha, como el de frutas y hortalizas, han tenido que afrontar unos costes de producción mucho más altos que en campañas anteriores, ante la necesidad de proteger a sus trabajadores temporeros con EPIs, mascarillas, geles, transporte, etc., frente a la pandemia. Unos mayores costes que, en gran parte, han tenido que asumir, restándolos de sus posibles márgenes, sin que pudieran luego trasladarlos, algo que ya es habitual y que es la desgracia y la ruina de este sector, a los precios de venta de sus productos.

Menos empleo

A nadie le puede extrañar que, con estos mimbres, haya descendido la contratación de mano de obra por cuenta ajena y el trabajo por cuenta propia en el sector agrario. En la primera estimación de la Renta Agraria 2020, no todo eran noticias positivas. Y una de las menos que las Unidades de Trabajo Año (UTA), que mide el trabajo realizado por una persona a tiempo completo en un año, había descendido el pasado año en casi un 8% y en 67.100 activos, desde 854.700 a 787.600 UTAs, siendo esta bajada la primera desde hace varios años.

Muchos agricultores y ganaderos que han logrado sobrevivir al 2020, lo han hecho atravesando serias dificultades, no ya de rentabilidad (inexistente), sino simplemente para mantener los costes fijos de sus explotaciones, exprimiendo al máximo y a la baja sus costes variables. Algunas fuentes señalan que durante el pasado año unos 35.000 trabajadores por cuenta ajena y más de 2.500 autónomos por cuenta propia han abandonado el sector, y estos últimos quizás para siempre.

Habrá que esperar para corroborarlo a ver las estadísticas de la Encuesta de Población Activa (EPA) del cuarto trimestre, que el INE publicará en breve, pero todo hace indicar que el pasado año no fue nada bueno en materia de empleo para el sector agrario y el industrial agroalimentario. Y que es inútil consolarse comparándonos con otros sectores  y actividades (horeca, turismo, automoción…), a los que, por causa de la pandemia, les ha ido indudablemente mucho peor.

Botella medio llena

Dicho todo esto, que es lo de la botella medio vacía, vamos a referirnos brevemente a lo de la botella medio llena. ¿A todos los sectores productivos agrarios les fue mal en 2020? Creemos que no.

Como reflejan los datos agregados de la Renta Agraria 2019, hay sectores que han salvado los muebles mucho mejor de lo que podría esperarse. Uno de ellos ha sido el sector cerealista (teniendo en cuenta que el año anterior 2019 fue muy malo por la extrema sequía y que solo se trataría de una recuperación, que incluso no ha beneficiado a todos, ni a todos por igual).

Este sector deficitario, muy dependiente de la coyuntura de los mercados internacionales, obtuvo una cosecha nacional récord de entre 25 y 26 millones de toneladas y unos precios firmes que, sin ser nada del otro mundo, fueron superiores a los del baja cosecha anterior, cuando apenas se llegó a producir 19 millones de toneladas. Sucedió en 2020 la paradoja de una alta cosecha y de precios firmes, frente a 2019, con una cosecha baja y precios bajos, debido a esa fuerte dependencia que tenemos de la oferta exterior, porque consumimos mucho más de lo que producimos, sobre todo en maíz y trigo, y en oleaginosas.

En la parte agrícola, tampoco fue un mal año para ciertas frutas (de hueso y de pepita), pero debido a que menores cosechas mejoraron algo los precios (que luego eso diera rentabilidad o no habrá dependido de otros muchos factores), así como para algunas plantas forrajeras e industriales. Esto no pasó en producciones emblemáticas, como el aceite de oliva, el vino o las hortalizas, donde la situación fue mucho peor, con precios y/o volúmenes a la baja.

En la producción animal, la fuerte ponderación de la producción porcina fue un año más la salvación de la rama ganadera española. La fuerte demanda de carne del mercado chino y la expansión de la PPA en Alemania y en otros países productores del Este de la UE (Rumania, Hungría) hizo que el sector porcino de capa blanca (que no el ibérico) continuara en 2020 batiendo récords de exportación.

Según la macromagnitud estimada del MAPA aumentó un 6,7% su volumen de producción, a pesar de contener un 3,3% su precio, lo que hizo subir su valor bruto de producción un 3,2%, aportando un 1% a la subida anual de la renta agraria. Tampoco fue mal el año para los sectores productivos lácteo y avícola de puesta, aunque ni mucho menos como para tirar cohetes, compensando  los descensos en otros sectores ganaderos, principalmente el ovino y caprino, que no termina de levantar cabeza a pesar de los esfuerzos de promoción, y el vacuno de carne por el enfriamiento de la demanda, mientras se mantuvo el avícola de carne.

Hitos en el aire

Recientemente, el MAPA señalaba en nota de prensa –al igual que todos los Ministerios y tras la presentación de los compromisos cumplidos en la legislatura, a su entender, por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, que las negociaciones del presupuesto y los reglamentos de la nueva PAC, las modificaciones normativas de la Ley de la Cadena Alimentaria y el decálogo de medidas para el olivar eran los tres hitos más importantes de este departamento en 2020.

Sin embargo, en este bagaje, todos estos supuestos “hitos” están iniciados o presentados, pero ni concluidos, ni mucho menos cumplidos. Será en este problemático recién comenzado 2021 cuando haya que poner muchos puntos sobre las íes y, entonces, ya se verá.

Por de pronto, no todo es negativo: hay nuevo presupuesto general del Estado; los fondos europeos de recuperación terminarán llegando, aunque no antes de mitad de año; el acuerdo del Brexit entre la UE y Reino Unido alivia muchas cosas en el apartado comercial y deja otras con interrogantes; la salida de Trump y la entrada de Joe Biden en la presidencia de Estados Unidos alimenta esperanzas, y las vacunas (a pesar de los aciagos meses que aún nos esperan) suponen una nueva esperanza para combatir a medio plazo la trágica pandemia del coronavirus, etcétera. Con estos vientos de cola, la navegación debería ir mejorando poco a poco a lo largo de este año.

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