28 DE septiembre DE 2026
Javier Bernabéu. Consultor y presidente de la asociación “Proyecto Educativo La Pandi”
Sabemos bastante bien qué debemos hacer para vivir más y, sobre todo, para vivir mejor. La actividad física, unas relaciones sociales de calidad y una alimentación saludable constituyen algunos de los pilares fundamentales para prevenir enfermedades y conservar una buena calidad de vida.
No es únicamente una cuestión de sentido común: existe una amplísima evidencia científica que relaciona nuestros hábitos de vida y alimentación con la salud.
En un país que ha hecho de la Dieta Mediterránea una de sus señas de identidad, cabría esperar que nuestra alimentación cotidiana respondiera razonablemente bien a ese patrón. Sin embargo, diferentes informes recientes dibujan una realidad bastante distinta.
El estudio de la Fundación EROSKI «¿Cómo comemos? Análisis del consumo de alimentos y bebidas desde una perspectiva nutricional (2022-2024)» concluye que el consumo de frutas y hortalizas en España alcanza solamente el 64,5% de las cantidades recomendadas. Dicho de una manera mucho más gráfica: de las cinco raciones diarias aconsejadas, consumimos aproximadamente tres.
Y la tendencia reciente tampoco invita al optimismo. Según los datos del Panel de Consumo Alimentario del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, procesados por FEPEX, durante el primer semestre de 2026 el consumo doméstico de frutas y hortalizas frescas disminuyó un 2,8%, en volumen, respecto al mismo periodo del año anterior. El descenso afectó tanto a frutas como a hortalizas.
A esta aparente contradicción se añade otra particularmente llamativa: mientras consumimos menos productos hortofrutícolas de los recomendados, seguimos desperdiciándolos en cantidades importantes.
Según el Informe anual de Desperdicio Alimentario correspondiente a 2025, los productos hortofrutícolas representaron el 46% de los alimentos desperdiciados en los hogares españoles.
Paradoja evidente
La paradoja resulta difícil de ignorar: sabemos lo que deberíamos comer, disponemos de los alimentos necesarios para hacerlo y, sin embargo, no los consumimos en cantidad suficiente. Y una parte considerable termina además en la basura.
Las consecuencias trascienden nuestras decisiones individuales. Una alimentación inadecuada constituye uno de los principales factores modificables relacionados con el sobrepeso, la obesidad y numerosas enfermedades no transmisibles, como las cardiovasculares, la diabetes tipo 2 y determinados tipos de cáncer.
Todo ello tiene consecuencias personales evidentes, pero también repercusiones sociales y económicas en forma de mayor utilización de los servicios sanitarios y mayores costes para el conjunto de la sociedad.
La pregunta, por tanto, no debería ser únicamente qué estamos haciendo mal, sino también qué podemos hacer para cambiarlo.
Y probablemente una de las respuestas esté en empezar pronto.
Los hábitos alimentarios comienzan a construirse durante la infancia. Conseguir que un niño conozca los alimentos, comprenda para qué sirven, se familiarice con frutas y hortalizas y las incorpore con naturalidad a su alimentación puede tener consecuencias que se prolonguen durante toda su vida.
Con ese propósito trabaja el Proyecto educativo La Pandi, una asociación sin ánimo de lucro que desarrolla talleres de educación alimentaria y hábitos saludables en colegios de Educación Infantil y Primaria de distintos puntos de España.
Los talleres se realizan en las propias aulas y son impartidos por profesionales de la nutrición. Su objetivo no es simplemente explicar a los niños que deben comer frutas y hortalizas —algo que probablemente hayan oído muchas veces—, sino despertar su curiosidad, proporcionarles conocimientos adaptados a su edad y conseguir que relacionen una alimentación saludable con algo cotidiano, atractivo y positivo.
El proyecto se financia mediante aportaciones voluntarias de particulares y empresas que consideran que mejorar la alimentación infantil constituye una inversión en la salud futura de nuestra sociedad.
Y quizá ahí exista una oportunidad que merece ser considerada. Ante problemas de enorme dimensión tendemos a pensar que nuestra capacidad individual para cambiar las cosas es insignificante. Pero no siempre es así.
Una aportación relativamente pequeña puede permitir desarrollar un taller en un colegio cercano; puede llegar a los hijos de nuestros vecinos, de nuestros empleados, de nuestros amigos o de nuestra propia familia. Y puede contribuir a que algunos niños comprendan hoy algo que influirá en las decisiones que tomarán mañana.
No podemos cambiar de golpe la forma en que se alimenta una sociedad. Pero sí podemos empezar por cambiar la relación con los alimentos de quienes todavía están aprendiendo a elegirlos.
Y eso ya es hacer algo por cambiar las cosas.
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