2 DE septiembre DE 2026
Ricardo Migueláñez. @Rmiguelanez
Hay un sector agroalimentario que no tiene lineal en el supermercado, ni marca reconocible, ni campaña de consumo. No se come, pero está detrás de casi todo lo que se come de origen animal: el jamón, el pollo, el huevo, la leche, la lubina de acuicultura.
Es la industria de la alimentación animal, y en España mueve cada año un volumen físico que ya supera los 30 millones de toneladas de producto industrial y los 38 millones si se cuenta todo lo que se fabrica también en la propia granja.
Los dos grandes marcadores anuales del sector acaban de actualizarse. La Confederación Española de Fabricantes de Alimentos Compuestos para Animales (CESFAC) presentó en junio, en el marco de su Asamblea General, la nueva edición de Mercados y Estadísticas, con el balance de 2025. Y la Federación Europea (FEFAC) publicó en abril su Feed & Food Report 2025, que consolida los datos del ejercicio 2024 en los Veintisiete.
Leídos juntos, dibujan un sector que ha dejado atrás la fase de contracción, que se ha estabilizado en volumen, pero cuya verdadera partida ya no se juega en el tonelaje, sino en la proteína, en la logística de importación y en el marco regulatorio.
El titular es 30.817.705 toneladas. Es la producción industrial española de alimentos compuestos para animales en 2025, según las estimaciones que recoge la publicación de CESFAC.
Pero la propia Confederación pide cautela antes de compararla con nada: el Instituto Nacional de Estadística (INE) ha modificado su metodología de cálculo en aplicación de la normativa estadística europea, ampliando el número de productos que entran dentro de la categoría de alimentación animal industrial.
Dicho de otro modo, el perímetro de lo que se cuenta ha crecido, y el salto respecto a los 28,9 millones de toneladas de 2024 no responde —o no responde solo— a un aumento real de la actividad.
Para dimensionar el sector sin esa controversia metodológica, la referencia sigue siendo el dato consolidado del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación: 38.811.965 toneladas de producción total de piensos en 2024, sumando la fabricación industrial y la que se realiza directamente en las explotaciones para autoconsumo. Ese es el tamaño real del bocado que la ganadería española da cada año a la cadena de suministro.
El presidente de CESFAC, Fernando Antúnez, resumió el papel del sector señalando que la alimentación animal es “un eslabón estratégico para toda la cadena agroalimentaria”, en un entorno que él mismo describió como marcado por la incertidumbre regulatoria, la tensión geopolítica y unas exigencias de mercado en permanente cambio.
El porcino, con cerca del 45 % del total, es el motor y también la principal fuente de vulnerabilidad: cualquier movimiento en los mercados exteriores de la carne de cerdo se traslada casi de inmediato a las fábricas de pienso. Y aquí hay una señal que conviene no perder de vista: FEFAC advierte de que los países exportadores europeos de carne de porcino están sintiendo desde 2025 el efecto de los derechos antidumping impuestos por China, lo que apunta a un posible descenso de producción en los próximos ejercicios.
Por Comunidades Autónomas, el mapa apenas se mueve: Cataluña encabeza la producción con más de 7 millones de toneladas, seguida de Aragón y Castilla y León, ambas en el entorno de los 4 millones.
2026: la peste porcina africana cambia la ecuación
Todo lo anterior es la foto fija. La película, en cambio, se torció el 28 de noviembre de 2025, cuando las autoridades confirmaron dos jabalíes positivos de peste porcina africana en Cerdanyola del Vallès (Barcelona), el primer caso en España desde 1994.
Nueve meses después, el virus no ha saltado a ninguna explotación comercial —el cordón sanitario ha funcionado—, pero el daño no ha sido sanitario, sino comercial.
La pérdida del estatus de país libre ante la Organización Mundial de SAnidad Animal (OMSA) bloqueó de forma automática los certificados de exportación: en torno a 121 protocolos bilaterales con unos 40 países extracomunitarios quedaron suspendidos. Y ahí es donde el golpe llega al pienso, porque el 45 % de la producción industrial española se destina precisamente al porcino.
La recuperación ha sido desigual. China aceptó el principio de regionalización y circunscribió el veto a la provincia de Barcelona. Filipinas levantó la restricción el 22 de mayo tras firmar un acuerdo bilateral en los mismos términos. Japón, el principal cliente en valor —648 millones de euros en 2025—, seguía en negociación al cierre de este reportaje.
Los números del primer trimestre reflejan el ajuste: las exportaciones totales crecieron un 9,1% hasta 708.284 toneladas equivalente canal, pero sostenidas íntegramente por el mercado intracomunitario (+21,5%), mientras Japón se hundía un 62,4% y Corea del Sur emergía como primer destino extracomunitario. Hasta mayo, el volumen vendido fuera de la UE caía un 17 % interanual.
La consecuencia para la cadena fue una distorsión de mercado con caída acusada de las cotizaciones del cerdo en España y en el conjunto de la UE, sólo parcialmente corregida desde marzo.
Para el fabricante de piensos, un porcino con precios deprimidos y márgenes estrechos significa clientes que aprietan cada euro de la fórmula, retrasan reposiciones y renegocian condiciones.
Las previsiones que manejan los propios fabricantes europeos apuntan para 2026 a una producción comunitaria prácticamente plana, con el pienso de porcino en España retrocediendo en torno a un 1,5 %, hasta 13,1 millones de toneladas, compensado en parte por un avance del 2% en el de vacuno.
Tres modelos para un mercado maduro
El mapa empresarial español ayuda a entender por qué este ciclo se vive de forma tan distinta según dónde esté uno sentado. Conviven, básicamente, tres modelos.
El primero es el del fabricante multinacional orientado al mercado libre. Nanta, integrada en el grupo neerlandés Nutreco —a su vez propiedad de SHV Holdings—, con una veintena de fábricas repartidas por la Península, encabeza históricamente el ranking español tanto en volumen como en valor.
Su posición de liderazgo no está en discusión, pero el propio grupo describe su entorno con una franqueza reveladora: un mercado local atomizado y maduro, con expectativas de crecimiento limitado.
En coherencia con ese diagnóstico, Nutreco ha simplificado su estructura societaria en España en torno a Nanta y ha racionalizado su huella industrial, con episodios como el expediente y cierre de la planta de Tudela de Duero (Valladolid) en 2024. Crecer en toneladas en un mercado plano exige quitárselas a otro, y eso es exactamente lo que está ocurriendo.
El segundo modelo es el del comprador sistemático. De Heus, también de capital neerlandés y familiar, desembarcó en España a finales de 2015 adquiriendo Núter Feed —entonces la segunda del sector— y desde entonces ha encadenado operaciones: la planta de Acorex en La Garrovilla (Badajoz) en 2017, Piensos Unzué en Navarra en 2018, Evialis Galicia en 2019 y Piensos Muga en 2020, además del cierre de Talavera de la Reina dentro de su proceso de racionalización.
Con más de una decena de centros productivos en la Península y una producción anual que supera el millón de toneladas, ha escalado hasta compartir la cabecera del ranking. Su crecimiento no ha venido del mercado, sino de la consolidación.
El tercer modelo es el que probablemente más condiciona el futuro de los otros dos: la integración vertical. Grupo Vall Companys, familiar y con sede en Lleida, cerró 2025 con una facturación de 4.626 millones de euros, un 11 % más, y un beneficio neto de 245,4 millones. Su división porcina aporta cerca de la mitad del negocio.
En este modelo, el pienso no es un producto que se venda a terceros: es un insumo interno de una cadena que va del cereal al jamón curado. Cada tonelada que se integra es una tonelada que desaparece del mercado libre por el que compiten Nanta y De Heus.
La PPA tampoco ha pasado de largo por el modelo integrado. Vall Companys activó un plan de contingencia con una provisión contable de 61 millones de euros por devaluación de existencias ganaderas, redujo a la mitad el dividendo previsto —de 72 a 36 millones— y recortó las inversiones presupuestadas para 2026 de 190 a 85 millones. Un grupo que entre 2020 y 2025 había invertido más de 600 millones en optimizar sus plantas frena en seco por un brote en fauna silvestre que nunca llegó a sus granjas.
Ese es el retrato del momento: un sector con una demanda estancada, un cliente principal en dificultades comerciales, una concentración que avanza por compra y no por crecimiento orgánico, y una parte creciente del volumen migrando hacia circuitos integrados donde no hay mercado que disputar.
Europa: producción estabilizada
El contexto comunitario que ofrece FEFAC ayuda a entender la posición española. En 2024 la producción de alimentos compuestos en la UE alcanzó 147,1 millones de toneladas, con un avance marginal del 0,22% sobre 2023. Es la confirmación de una meseta: tras el desplome asociado a la salida del Reino Unido de los totales comunitarios y a los años de pandemia, guerra en Ucrania, crisis energética y enfermedades animales, el sector ha dejado de caer sin llegar a crecer.
Lo relevante es el cambio de jerarquía interna. La avicultura se ha consolidado como el mayor segmento de la fabricación industrial europea, con 49,9 millones de toneladas y un crecimiento del 1,7%, pese a la presión de la influenza aviar.
Le siguen el porcino, prácticamente plano (-0,1 %, 47,6 millones de toneladas), y el vacuno, que retrocede un 1 % hasta 41,6 millones. Es un vuelco respecto al reparto clásico y responde tanto a la reorientación del consumo como a la mayor eficiencia de conversión del pollo.
España lidera la clasificación europea con 27,87 millones de toneladas en 2024, por delante de Alemania (21,78) y Francia (19,72). Y lo hace con un perfil propio: es primera de la UE tanto en pienso de vacuno (9,4 millones de toneladas) como de porcino (13 millones), mientras Francia mantiene el liderazgo avícola con 8 millones.
Conviene señalar aquí una diferencia que a menudo genera confusión en las comparativas: la cifra de FEFAC para España no coincide exactamente con la de CESFAC porque los perímetros estadísticos no son los mismos —la tabla europea agrupa bajo la rúbrica de vacuno los lactorreemplazantes y los piensos para otras especies—. No son datos contradictorios; son datos construidos con reglas distintas.
En perspectiva global, la UE-27 representa alrededor del 13% de una producción industrial mundial estimada en unos 1.470 millones de toneladas, con una cuota que lleva siete años erosionándose por el empuje de Asia-Pacífico y Norteamérica.
El conjunto de la industria europea da empleo a más de 100.000 personas en unas 3.200 plantas, muy a menudo ubicadas en zonas rurales con escasas alternativas laborales, y factura en el entorno de los 69.000 millones de euros.
El verdadero cuello de botella: la proteína
Si hay un dato que debería presidir cualquier debate sobre autonomía estratégica alimentaria en Europa, es este: la UE depende de las importaciones para el 76-77 % de sus materias primas proteicas de alto contenido —las harinas de oleaginosas, con entre un 30 % y un 50 % de proteína—.
En harina de soja, la dependencia roza el 97%. Solo la harina de colza escapa parcialmente, con un 25% de dependencia exterior, gracias al impulso que en su día dio la política europea de biocarburantes a la producción de este coproducto.
El balance completo matiza algo la fotografía: si se computa toda la proteína destinada a alimentación animal, incluidos los forrajes, la dependencia exterior baja al 24 %.
El forraje es el único origen proteico en el que la UE es plenamente autosuficiente, y aporta el 41% del suministro. Pero esa autosuficiencia no es intercambiable: no se puede alimentar a un lechón con hierba. La limitada sustituibilidad entre proteínas de distinto origen —por sus perfiles de aminoácidos— es precisamente lo que hace insustituible a la soja en la formulación.
En términos de consumo de materias primas, las 147 millones de toneladas de pienso europeo de 2024 incorporaron 75,7 millones de cereales (51%), 36,7 millones de tortas y harinas (25%), 17,8 millones de coproductos de las industrias alimentaria y del bioetanol (12%), 4,9 millones de minerales, aditivos y vitaminas, 2,7 millones de aceites y grasas, 2,3 millones de forrajes deshidratados y 2,1 millones de leguminosas.
Y una tendencia de fondo: el uso de harinas de oleaginosas viene descendiendo, reflejo del esfuerzo continuado por reducir el nivel de proteína bruta en las raciones.
Menos proteína por kilo de pienso significa menos nitrógeno excretado, menos amoniaco y menos coste. Es, probablemente, la contribución ambiental más silenciosa y más eficaz que ha hecho la nutrición animal europea en dos décadas.
El expediente que más preocupa a las fábricas no es productivo, sino documental. En 2024 la UE importó 30 millones de toneladas de soja en equivalente harina, de las cuales FEFAC estima que unos 28 millones —el 94%— proceden de zonas de riesgo despreciable de deforestación.
La exposición de la industria europea a la soja originaria de áreas sensibles como el Cerrado brasileño, el Gran Chaco argentino o el occidente de Paraguay se sitúa, según sus cálculos, por debajo del 10%.
Ese porcentaje es la mejor carta del sector ante el Reglamento europeo de productos libres de deforestación (EUDR), cuya aplicación se ha aplazado —Reglamento (UE) 2025/2650— hasta el 30 de diciembre de 2026 para operadores medianos y grandes y hasta el 30 de junio de 2027 para micro y pequeños operadores, junto con una simplificación de la diligencia debida que concentra la declaración en el primer operador que introduce el producto en el mercado comunitario.
En España, la autoridad competente será el Ministerio parala Transición Ecológica y el Reto Demográfico (Miterd). El aplazamiento da aire, pero no reduce el alcance: la trazabilidad hasta parcela de origen sigue siendo una carga administrativa mayúscula para un sector con márgenes estrechos y miles de referencias de compra.
Hay un segundo frente de dependencia menos comentado. Durante años la industria europea ha cubierto más del 90 % de sus necesidades de cereal con producción local, pero FEFAC detecta una clara tendencia al alza en las importaciones de maíz, con un flujo creciente desde Estados Unidos hacia España, Portugal e Irlanda.
Es una advertencia directa para la industria española, cuya competitividad ha descansado históricamente en la logística portuaria y en la capacidad de aprovisionarse en el mercado internacional a precios competitivos.
La ganadería, conviene recordarlo, es el principal cliente del cereal europeo: absorbe el 62 % del uso interno, repartido entre un 32 % de consumo directo en explotación y un 30 % que pasa por la industria de piensos compuestos. Muy por delante del uso alimentario humano (23 %) o de los biocarburantes y otros usos industriales (12 %).
La ecuación económica que nadie ha resuelto
El Feed & Food Report incluye un gráfico que debería estar enmarcado en todas las oficinas del sector: la comparación entre la evolución de los precios percibidos por los ganaderos y la de los precios de los alimentos para animales desde 1995. En veinticinco años, los costes de alimentación han crecido de forma sistemática por encima de los precios de los productos animales.
El resultado es conocido: la alimentación es el mayor factor de coste de la producción ganadera. En 2024 representó hasta el 45 % del valor en granja en avicultura, el 31 % en porcino y el 12 % en vacuno. Es una presión estructural que explica tanto la concentración empresarial del sector fabricante como la carrera permanente por la eficiencia en la formulación.
Del otro lado, la ganadería europea aporta 216.000 millones de euros, el 42% del valor de la producción agraria de la UE-27, que en 2024 alcanzó los 520.000 millones. Y España se ha consolidado desde 2022 como primera potencia cárnica comunitaria, con 7,5 millones de toneladas y una cuota del 18 %, por delante de Alemania (16 %), Polonia (13 %) y Francia (12 %). Sin la industria del pienso, ese liderazgo no existiría.
Lo que viene: PAP, insectos y coproductos
La gran promesa de autonomía proteica europea sigue sin materializarse. El uso de proteínas animales transformadas (PAP) ha caído en torno a un 70% en dos décadas desde la crisis de la EEB, y ni la reautorización en acuicultura (2013), ni la de harinas de insecto (2017), ni la decisión de 2021 que permitió la PAP porcina en pienso de aves, la PAP aviar en pienso de cerdo y la de insecto en ambos, han revertido la tendencia.
La razón es operativa: los estrictos requisitos técnicos confinan su uso a fábricas monoespecie dedicadas. Hoy en día solo un puñado de fabricantes, principalmente en Países Bajos, ha dado el paso, con autorizaciones en camino en Bélgica e interés creciente pero moderado en Alemania.
Mientras tanto, la soja doméstica avanza a buen ritmo, aunque desde una base pequeña: la producción comunitaria se ha más que triplicado desde 2013, de 0,96 a 3 millones de toneladas en 2024, y los guisantes proteaginosos han crecido un 62 % en la última década. Son cifras que suenan bien en el titular y siguen siendo marginales frente a los 30 millones de toneladas de soja importada.
Un sector que ya no crece en toneladas
La conclusión que emerge del cruce de ambos informes es que la industria de la alimentación animal ha entrado en una fase distinta. El crecimiento en volumen se ha agotado en Europa, comprimido por una cabaña ganadera que sigue retrocediendo —en 2024 el censo de vacuno cayó un 2,5 %, el de porcino un 0,5 % y el de ovino y caprino un 1,7 %— y por unas políticas ambientales que en países como Países Bajos han provocado caídas productivas de dos dígitos.
España es la excepción que confirma la regla: mantiene el liderazgo, sostiene la mayor producción cárnica de la UE y su industria de piensos ha demostrado una notable capacidad de encaje ante la peste porcina africana, la influenza aviar, la dermatosis nodular contagiosa y la volatilidad de los mercados de materias primas.
Pero el episodio de la PPA ha dejado una lección incómoda: bastaron dos jabalíes en un parque metropolitano para poner en cuestión 3.700 millones de euros de comercio extracomunitario y arrastrar los precios de toda la cadena. Cuando el mercado no crece, la vulnerabilidad sanitaria se convierte en el principal factor de riesgo del negocio.
Pero la competitividad futura no se medirá en toneladas fabricadas. Se medirá en la capacidad de asegurar el suministro proteico, de documentar el origen de cada partida, de reducir el nitrógeno excretado sin perder índices de conversión y de incorporar digitalización y nuevas fuentes de nutrientes en una formulación que lleva demasiado tiempo dependiendo de un único cultivo llegado del otro lado del Atlántico.
FUENTES
CESFAC, Mercados y Estadísticas 2025 (junio de 2026) y datos del sector en cifras. FEFAC, Feed & Food Report 2025 (abril de 2026), con datos consolidados de 2024, y previsiones de producción 2026. Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (informe anual de piensos y boletines semanales de precios ganaderos). DG AGRI, Eurostat y Alltech (a través de FEFAC). Cuentas y comunicados de Grupo Vall Companys (ejercicio 2025). Información corporativa de Nanta-Nutreco y De Heus España. Alimarket, Informe 2025 del sector de piensos compuestos.
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