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El punto de encuentro de la cadena agroalimentaria
 

Periódico Digital Qcom.es: El punto de encuentro de la cadena agroalimentaria

27 DE julio DE 2026

Foie gras europeo para los chinos ricos y foie gras chino para los europeos

Ricardo Migueláñez. Director general de Agrifood Comunicación

Durante años, Europa ha asumido que determinados productos agroalimentarios formaban parte de su patrimonio económico y gastronómico. No solo por tradición, sino porque existía la convicción de que su calidad, su saber hacer y sus exigentes estándares de producción constituían una ventaja competitiva difícilmente replicable. El foie gras parecía uno de esos productos.

Sin embargo, la realidad comienza a demostrar lo contrario. Como recientemente recogía Xataka.com, China ya no solo consume foie gras, sino que se ha convertido en uno de los mayores productores mundiales, gracias a unos costes de producción muy inferiores y a unas exigencias laborales, medioambientales y regulatorias muy distintas a las europeas.

El fenómeno debería hacernos reflexionar. Porque el problema no es el foie gras. El foie gras simplemente puede ser uno de los primeros síntomas de algo mucho más amplio.

Europa lleva décadas elevando, con razón, los requisitos que deben cumplir sus agricultores y ganaderos. Bienestar animal, sostenibilidad, reducción del uso de fitosanitarios, normas laborales, seguridad alimentaria, trazabilidad, reducción de emisiones... Todo ello responde a una demanda social legítima y convierte al modelo europeo en uno de los más exigentes del mundo. Pero esa exigencia tiene un coste y ese coste acaba reflejándose en el precio final.

Mientras tanto, otros países producen con reglas muy diferentes y consiguen colocar sus alimentos en el mercado internacional a precios considerablemente inferiores. El paralelismo con la industria del automóvil resulta inevitable.

Hace apenas unos años parecía impensable que fabricantes chinos pudieran competir con las grandes marcas europeas. Hoy la realidad es bien distinta. Los vehículos chinos ganan cuota de mercado porque ofrecen precios mucho más bajos y porque una parte creciente de la población europea ha visto reducirse su capacidad adquisitiva. Para muchos consumidores, el precio pesa más que el origen del producto.

¿Puede ocurrir exactamente lo mismo con la alimentación?

La respuesta es que ya está ocurriendo en algunos sectores y podría extenderse a muchos más.

Imaginemos que dentro de diez años China, o cualquier otro gran productor, decide apostar decididamente por el aceite de oliva, los quesos, determinados embutidos, las frutas de hueso o incluso algunos vinos de gama media.

Con inversiones suficientes, tecnología, conocimiento importado y menores costes regulatorios, podría abastecer grandes mercados internacionales con productos razonables a precios muy competitivos.

Cambio de paradigma

No tienen que ser necesariamente los mejores productos del mundo, pero probablemente serían suficientemente buenos para un consumidor cuyo presupuesto es cada vez más ajustado. Exactamente igual que está ocurriendo con los coches.

Ese puede ser el verdadero cambio de paradigma. Europa corre el riesgo de reservar sus alimentos de mayor calidad para un segmento cada vez más reducido de consumidores con alto poder adquisitivo, mientras la mayor parte del mercado se abastece de productos importados mucho más económicos.

Paradójicamente, esos consumidores con mayor capacidad adquisitiva podrían encontrarse precisamente en Asia. Es decir, Europa produciría alimentos excelentes para exportarlos a quienes pueden pagarlos, mientras sus propios ciudadanos consumirían productos más baratos procedentes de terceros países. No es una hipótesis descabellada. Es, en buena medida, lo que ya sucede en algunos sectores industriales.

La cuestión de fondo no consiste en cerrar los mercados ni en demonizar la competencia internacional. El comercio global ha generado oportunidades para todos. El verdadero debate es otro: ¿puede Europa exigir a sus productores unas condiciones que incrementan continuamente sus costes mientras permite importar productos elaborados bajo estándares muy diferentes?

Si la respuesta es sí, conviene asumir también cuáles pueden ser las consecuencias económicas y productivas, porque la competitividad no depende únicamente de la eficiencia empresarial, también depende del marco regulatorio en el que compiten las empresas.

El caso del foie gras quizá no sea una anécdota gastronómica. Puede convertirse en una advertencia sobre el futuro de buena parte de la agroalimentación europea.

Todavía estamos a tiempo de debatir si queremos que nuestros agricultores y ganaderos sigan siendo productores de referencia mundial o si, poco a poco, acabarán ocupando el mismo lugar que hoy tienen muchas industrias europeas: especializadas en la gama alta, mientras el grueso del mercado se abastece de productos fabricados allí donde producir resulta mucho más barato.

Porque una vez que un sector pierde volumen, recuperarlo suele ser mucho más difícil que conservarlo. Y quizá el foie gras solo esté anticipando lo que mañana puede ocurrir con muchos otros alimentos que hoy damos por seguros.

Reflexiones de verano.

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